Publicamos hoy la Conferencia que Guy Briole dictó en las Jornadas de la NEL-Medellín: “Estas mamas de hoy… Una mirada desde el psicoanálisis”, el 29 de junio de 2018.

El reverso de las madres, hoy
Guy Briole

A la cuestión de saber lo que para Lacan era “una verdadera mujer”, Jacques-Alain Miller responde que, desde el punto de vista analítico, “‘una verdadera mujer’ no es la madre[1].

La Vox populi dice que para ser una mujer hay que vivir con un hombre y tener hijos. La madre sería la mujer plena.

Es sobre todo el hijo lo determinante, al no ser el hombre más que uno en más para ser mujer. Es por ser madre que se es mujer. Eso es lo que dice el sentido común.
Desde el punto de vista del psicoanálisis, se separa, se diferencia entre madre y mujer.

MUJER, MADRE, MUJER, ETC.

Retengamos, en esta aproximación, la argumentación que plantea J.-A. Miller. Precisa que en psicoanálisis:

  • la madre está del lado de la que tiene; está del lado de la abundancia;
  • la mujer, la “verdadera mujer” es, por excelencia, la que no tiene; es la que hace algo con ese “no tener”, por ejemplo, del lado de los semblantes.

Para seguir con estas primeras aproximaciones, se podría decir que la madre está del lado de aquella a quien se demanda, mientras que la mujer es a quien se desea. Si bien se venera y celebra a la madre, es también aquella a la cual no se toca, en toda la acepción del equívoco que contiene esta locución.

En cuanto a la segunda, la mujer, por ser la que es deseada es también la que, en contrapartida, resulta ser reprobada; la que, si bien “on la dit-femme”, “se la dice mujer”, “on la diffâme”, se la difama, según la expresión afortunada de Lacan y su escritura con acento circunflejo sobre la â, para insistir sobre el dit-fâme, sobre lo que dice de la fâme, la fama, la mala reputación.[2]

A lo que he puesto, en el título de este aparte, en una serie entremezclada –mujer, madre, mujer, etc.– hay que adjuntar otra serie: hombre, padre, hombre, etc. Tanto la una como la otra están en resonancia con las preguntas de cada una, anudadas a las de cada uno. Es decir que, para hablar de las madres, hablaremos también de los padres y, ¡de los hombres!

Satisfacerse con, perder

Para acentuar aún más esta cuestión, J.-A. Miller añade con Lacan que “una verdadera mujer, siempre será Medea”.[3]

Medea es la que puede soportar privarse de sus hijos, a quienes ama, si es para privar de ellos a su padre. El sacrificio es aún mayor. Ella quiere a sus hijos, es la vertiente madre. Pero en la vertiente mujer, no puede satisfacerse con ser la mujer dejada caer, con no ser más aquella a la que desea su hombre. Antes ella tenía, ahora ya no tiene. Allí, ya no estamos del lado madre, donde este hombre del deseo perdido podría ser recuperado como un hijo más, dejándole ir a desear a otra parte. Esta es una configuración a menudo encontrada en los arreglos neuróticos de las parejas, donde puede presentarse como un medio para sujetar el conjunto.

Estamos entonces con “una mujer que tiene”, es decir, una madre, y que encuentra la forma de conservar lo que tiene, al precio de sufrir de ello, pero a mezzo voce.

Una mujer que no tiene puede sacrificar todo, al no tener nada que sacrificar. Medea no siempre mata a sus hijos. Hay tantas formas de golpear a un hombre, de alcanzarlo en su castración con lo que se puede “destruir” de un o en un hijo. Hay siempre esta amenaza. El hombre no se decide a afrontarla; cree en esta amenaza. “No puedo dejar a los niños solos frente a ella, los va a destruir”, se lamentaba un analizante, como muchos otros.

Hacerla madre

Un hombre siempre tiene algo que perder; digamos que un hijo no ocupa el lugar del falo de la misma manera para un padre que para una madre. El cara a cara está entre una mujer decidida a la posibilidad de perder y un hombre enredado en lo insoportable de pensar la pérdida. Para el hombre también, el hijo puede hacer de tapón. Un tapón zarandeado sobre el mar agitado de la reconciliación imposible hombre/mujer y que puede provocar una caída brutal por haber creído poder hacer existir la relación sexual.

De uno de mis analizantes, diría que quiso, para conservar el amor de su mujer, precipitarse en convertirla en madre. Así, inconscientemente, escapaba a la castración no teniendo que ponerla en juego mostrándose él deseante. La opción elegida estaba sobre la otra vertiente, el de hacer de padre al lado de la madre, ocuparse junto con ella de los cuidados dados al hijo. Eso es lo que se llamaría un padre actual; salvo que eso ha existido siempre.

Lacan no dudaba en situar la función del padre real sobre la vertiente castradora de su presencia efectiva, “afanándose en […] la madre”[4]. El que justamente, como decíamos, pone en juego su castración mostrándose deseante de aquella a quien no se trata de dejar en un lugar de madre, sino de volverse también hacia la mujer que ella es.

Un padremadre 

Otro analizante hace de un gran momento de tensión en su pareja el motivo de su demanda de encontrarse con un analista. Los celos lo corroen. ¿Cómo esta mujer, a la que él “ha hecho madre tres veces”, llega hoy a ocuparse menos de los hijos y a decir su insatisfacción de mujer! “Adora” a la mujer que hay en ella y ha fracasado en el intento de emparedarla en la figura de “una madre admirable”. En este camino que ha emprendido, sabe hoy que ha corrido el riesgo de que surja en ella lo que concierne a la mujer. Es allí donde tiene lugar el diálogo de sordos de esta pareja: allí donde él la quiere “admirable”, en la vertiente de madre, ella busca ser “admirada”, por lo menos “mirada” en tanto que mujer por un hombre. Este es el punto donde se nutren sus celos, para tormento suyo. Afirma en sesión –dicho de otro modo, intenta convencerse– que la desea y que “querría hacerle el amor” todos los días. Falta un detalle que precisará más tarde: este deseo surge en él cuando toma conciencia de que ya el deseo no está más en su mujer; ¡ella no lo desea más! La mujer ha reventado a la madre. Se le hace evidente que ella podría desear en otra parte. Una especie de remake de un edipo infantil, cuando al niño no le queda más remedio que admitir que su madre, por sus idas y venidas, le hace saber que desea en otro lugar. Se capta claramente la confusión de papeles y como eso se vuelve a jugar en su pareja. ¡Qué válvula de escape para sus celos, que aviva él mismo con toda una vigilancia que organiza alrededor de ella y que justifica por “la urgencia del rescate de la unidad de la familia”! Es su lado padre de familia irreprochable con su reverso: “¿Cómo puede ella hacernos eso!” He aquí embrollados un padre del deber, que relega su propia cuestión, la de la castración, y un padre que pretende ser protector. Un padremadre que, desde este lugar, se pregunta cómo hacer que el objeto de sus celos renuncie a sus pretensiones de mujer. No retrocede ante la posibilidad de pensar lo peor, de tan fuerte que es su sufrimiento por esta pérdida que aviva cada día el desafío de la rebelde.

Para este analizante es como si “la sombra de la madre hubiera caído sobre la mujer”,[5]y su posición es paradigmática al revelar lo que, también por supuesto por parte de las mujeres, no es comprendido en este punto decisivo que JAM pone de relieve: no hay solapamiento entre el “llegar-a-ser-madre” y el “ser-mujer”.[6]

Maternidad/feminidad: un anudamiento

El anudamiento feminidad/maternidad es presentado a menudo del lado de un pasaje, en varios sentidos del término: cumplimiento, regulación de los últimos avatares postpubertarios no resueltos, entre otros aquellos que obstaculizan la vida sexual, etc. Es decir, que la llegada de un primer hijo sería la solución a todo lo que habría quedado no resuelto en una mujer. Incluyendo también el colmado de todo lo que podría faltar.

El pasaje, en el sentido literal del término, por las vías naturales, se ve acompañado por afirmaciones que hunden sus raíces en un cierto rechazo de lo femenino, al cual no es ajeno el entre-mujeres. Eso puede entenderse como una amenaza apenas velada: ellas no escaparán a su destino de mujer. Sabemos que más que expresar un anhelo, estas ideas están más bien marcadas por un discreto escarnio de lo que se coloca del lado de la histeria.

De hecho, es como si el sujeto femenino tuviera aún que aprender de su cuerpo, de otra vertiente de su cuerpo: la que lo verá transformarse, llevar las primeras marcas de la herida a su bella integridad –viniendo la sublimación de la maternidad en parte a responder a sus temores respecto a su cuerpo. Eugénie Lemoine-Luccioni sostenía que la deformación del cuerpo por el embarazo reenvía al narcisismo mismo de la mujer en lo que concierne a la envoltura del cuerpo: “a la puesta a prueba del embarazo, la belleza en tanto que ídolo se rompe” [7]. El cambio más discreto del cuerpo, la primera estría, será vivida dramáticamente, como una herida abierta, volviendo visible la hendidura de la castración. En esta dimensión imaginaria se juega una diferencia entre el deseo de hijo y el rechazo de la vulneración del cuerpo, que no debe ser confundido con el rechazo de la maternidad.

Desfigurada

Una mujer joven, madre de un niño de cuatro años, se plantea la cuestión de tener un segundo hijo. Pero, aparte de todas las cuestiones inherentes a todo deseo de hijo, se le ocurre un pensamiento que la sorprende: “Me ha hecho falta tanto tiempo para recuperar una imagen de mí misma”. Cuando pronuncia esta frase, habla de su silueta por supuesto, pero más específicamente de su sexo, devastado por una episiotomía fallida, un acto médico realizado demasiado tarde. Lo que ha vivido y continúa viviendo en su carne está más allá del dolor; han sido necesarias intervenciones quirúrgicas; ella se ha sentido desfigurada. Su lucha fue para –así lo dice ella– “no abandonar mi feminidad”. Es a lo que ella se ha agarrado, para que su hijo no cargue con el desgarro de su feminidad, a la vez que ella pueda ser madre; para que ella no albergue rencor contra este hijo. Puede decirlo de otra forma: que su hijo no cargue con la responsabilidad de la herida de su cuerpo; que no le quede asociado al hijo que el hecho de haber “pasado por allí” se oponga a su vida sexual con el padre de su hijo. Piensa que se siente confundida cuando habla así, pero sigue con su idea: su imagen de sí misma pasa por la de su sexo, a fin de “recuperar una mujer” para el padre de su hijo. Con esta analizante, queda en evidencia cómo no todo de la sombra de la madre ha caído sobre la mujer.

La maternidad como límite a lo femenino

Una analizante lidia con una sexualidad que la desborda, una pulsión que la lleva irremediablemente hacia amantes, y principalmente hacia uno que la degrada. Allí está su goce y todo lo que constituye lo vivo de su vida, todo lo que tiende de su cuerpo hacia este deseo sexual del cual es prisionera. Está casada con un hombre del que dice que es guapo, bueno y brillante; pero con él su cuerpo no está concernido. Se lo “presta”, ella se presta al semblante de la relación sexual; pero el deseo que la abrasa está con este amante que ella califica de “ordinario”, sin interés, pero que la cautiva. Es la cuestión con la cual acude al encuentro de un analista. Salvo que eso no es todo lo que ella tiene para decir. Está embarazada. Una decisión que ha tomado ella sola, convencida de que solo un embarazo y un niño pueden formar un dique contra esta sexualidad invasiva. La madre podría barrar a la mujer. Hay un grado más: teme, sobre todo, que este hijo no sea de su marido. Eso no sería soportable. ¿Debe interrumpir su embarazo o no? ¿Qué aconseja el analista? No aconseja nada, pero escucha en lo que ella dice que no es posible que sea del amante; ella ya no lo veía en esa época. La razón no resiste frente a lo pulsional, que la vuelve a colocar en los brazos de su amante y relanza la duda: ¿quién es el padre? El anuncio del embarazo al amante lo aleja de ella. Sabe que la decisión de seguir con su embarazo o de interrumpirlo debe ser inminente; el tiempo pasa. Algo del cuerpo comienza a modificarse; ella lo percibe y ahora está más allá del plazo, embarazada y esperando un hijo. El nacimiento del niño no deja lugar a dudas: “es el retrato de su marido”. Dice sentirse “toda madre”, una luna de miel en simbiosis con este recién llegado que la ocupa entera. Pero como toda luna de miel, encuentra su límite en el temor –lo dice así– del “retorno de la mujer”. Tras el parto, se acerca a su madre a la cual da cada vez más espacio en el cuidado del niño; no ve en ello un buen presagio para ella. Su hijo ya no la colma; echa de menos, de nuevo, algo de relieve en su vida. Se encuentra “con problemas de libido” y ya no dispone de más energía para seguir con el análisis. Ningún forzamiento por parte del analista frente a este cierre a cal y canto del inconsciente. La prioridad de este analizante es volver a encontrar a la mujer en ella…

LA MODERNIDAD DE SIEMPRE

El rechazo inconsciente de la maternidad

Ya para Freud, la maternidad no se daba por sentado. El inconsciente pone zancadillas al cuerpo, que es el espacio de complacencia donde se manifiesta el afecto reprimido y donde pueden desplegarse las identificaciones, a veces bajo una modalidad dolorosa. Lacan insiste más sobre lo que llama el rechazo del cuerpo. En el sujeto histérico, este rechazo es doble. Es, a la vez:

– un rechazo de saber lo que ocurre en el cuerpo; es la bella indiferencia;
– un rechazo del cuerpo; es decir, el sujeto de este cuerpo rechaza el cuerpo.
J.-A. Miller distingue tres modalidades de rechazo del cuerpo:

  1. el rechazo del cuerpo del Otro, que conduce a una problemática sexual,
  2. el rechazo del cuerpo en su propio cuerpo, con los embrollos de la reproducción de la vida, por lo tanto, de la maternidad,
  3. el rechazo del propio cuerpo, con asco.

Estos tres puntos aparecen en una analizante desde el inicio mismo de su embarazo. Su sexualidad se ha vuelto dolorosa, llevándola a reacciones ante su amigo que la sorprenden y que no puede dominar: “el cuerpo me llamaba al dominio, a controlar el goce de mi partenaire”. El embarazo ha apagado el deseo del partenaire, con el cual ella se comporta como una madre, a la vez que se queja de que él no la considera como una mujer. Sino, si él se mostrara deseante, el dolor del cuerpo vendría a limitar su abandono al otro. El embarazo no transcurre bien desde el punto de vista médico y se descubre que ella produce anticuerpos antifetales. En fin, para ella algo de la feminidad se ha perdido. Lo expresa así: “Sin este embarazo, no habría perdido mi feminidad”. Ya no se siente deseable, no puede poner más semblante, más velo sobre el sexo. Se queda desnudo y le da asco. Eso la reenvía a lo que ella había sido para un hombre de más edad y a la sexualidad con varios a la cual él la arrastraba. Piensa que su complacencia en hacer de su cuerpo un objeto abyecto, ahora le da asco. Trabaja todos estos puntos en su análisis.

La modernidad de la maternidad

La modernidad y los progresos de la ciencia permiten superar, diría, por un forzamiento del cuerpo, los impedimentos de éste, las contradicciones conscientes o inconscientes de las mujeres, a causa de los cuales el cuerpo rechaza inclinarlas hacia la maternidad.

Ocurre también que una mujer se encuentra embarazada en circunstancias explicadas a veces de maneras aparentemente contradictorias: ha quedado embarazada porque lo ha querido; a pesar de que no lo quería; no lo quería nunca; no lo quería ahora –con lo cual ella se queda sorprendida–; ya no lo esperaba; había renunciado a ello; acababa de adoptar, etc.

Finalmente se habla mucho menos del deseo de hijo, de aquello con lo que uno sueña para sí, para el hijo por venir. Se colocan en este lugar justificaciones, más bien racionalizaciones construidas alrededor de atisbos de saber científico que invaden el campo de las contingencias de la vida. Así pues, se habla de “relojes biológicos”, en lugar del tiempo que pasa; es el discurso de la ciencia el que habla en cada mujer. Cuando aparece, como se escucha frecuentemente, “la urgencia de encontrar un posible padre” en el escaso tiempo que concede aún la fisiología, ellas se vuelven hacia la congelación de ovocitos, hacia el embarazo mediante un donante anónimo, a la gestación subrogada, etc.

El tiempo ya no es referido a la hystoire con y griega (historia-histeria), a cómo les fue a las madres, a las abuelas. El discurso moderno racional se substituye al discurso de los linajes de las mujeres de la familia. Entonces, no es raro que se adorne este abordaje con un toque de conquista feminista: “Hoy en día una mujer tiene un hijo cuando ella quiere, con quien ella quiere, incluso con un anónimo” –un donante anónimo, reintroduciendo una vez más una dimensión de azar allí donde todo parece tan calculado.

Queda, pues, algo incalculable que es el inconsciente. De hecho, es probable que ellas no hayan decidido tanto: la ciencia y su marketing estaban allí cuando ellas los han necesitado ante su propio impasse en relación con un embarazo, o bien para enmascarar que ellas hayan podido hacer un hijo rechazando al padre.

Por mucho que se crea que todo es posible con la ciencia y la ley, el cuerpo no se priva de enviar mensajes, alertas, a ese parlêtre tan de su época. Y, en efecto, es a menudo en el interior de un análisis donde la cuestión llega a plantearse de otra forma, por ejemplo, del lado de una falta en relación con el deseo, por sentirse culpable de haber cedido, retrocedido ante un franqueamiento, argumentado en Otro lado. Es allí donde se reencuentra aquello que en todas las épocas está en juego para una mujer, en su lazo íntimo con un embarazo.

En cierto modo, aquello que puede llevar a una mujer, como decíamos, a elegir romper con la cadena generacional, enmascarándolo con el feminismo propio del siglo XXI, interroga lo que queda sin resolver en el lazo de esta mujer con el deseo que podía animar a su madre. El odio hacia la madre, cuando viene a explicitarse en la cura, está dirigida hacia la mujer que ella era [8].

Por tanto, lo que se quiere actualmente es promover un modelo femenino que escape a la definición de los géneros, con un cuerpo que realmente le pertenezca, que no se inscriba en el imperativo generacional y que permita una plenitud fuera de toda coerción, en definitiva, una privatización de lo femenino. En el fondo, un intento de evadirse de lo que subraya Lacan en cuanto a lo que se elabora en una mujer en su relación al falo y que es del registro del no-todo [9]. Pero entonces ¿cómo se plantea para una mujer, que hace de un no-todo un fuera-de-todo, la cuestión de ser-madre? ¿Por un desarrollo de la delegación a otras de llevar en su cuerpo sus propios hijos? ¿Por el vals de los ovocitos aquí implantados en otro cuerpo, allí prestados o regalados? En el torbellino de las confusiones, si las generaciones pasadas aprendieron a apañárselas con la incerteza del padre, ¿cómo harán el día de mañana los hijos para orientarse en la incerteza que, sin falta, recaerá también en las madres? Del lado del ser madre, sale a la luz cada vez más un querer, un tengo derecho, que no deja de inclinarse, en el clima litigioso de nuestra época, hacia un “tengo la ley de mi parte”. Este querer no es otra cosa más que una degradación del deseo, un intento de corregir los caminos sinuosos del deseo que implica al Otro. Se trata de esquivar al Otro con la ayuda decidida de la ciencia y de los modelos capitalistas, que han sabido integrarlas en el modelo de sociedad que proponen. Pero ¿para qué resultados? Se quiere plantear la libertad que darían estos discursos para la maternidad, sin preguntarse qué pasará con los “productos” a los cuales ni siquiera se podrá llamar ¡engendrados! ¡Engendrar!, ¡qué palabra más extraña hoy! ¿Qué sentido dar a hacer nacer, a dar la vida?

¿Estos “productos” seguirán aún encuadrados en lo que Lacan decía que éramos todos: “cada uno el aborto de lo que fue, para quienes le engendraron, causa del deseo?[10] No hay sujeto más que como efecto de lenguaje y “ningún niño ha nacido sin haber tenido que vérselas con este tráfico de sus afables progenitores”,[11] ellos mismos atrapados en el discurso que supone la inclusión de la generación anterior.

¿Cómo pensar un hijo en la modernidad, dónde situarlo? ¿Del lado de la madre, de la mujer, del padre “moderno”, de la ciencia? Ni en un sitio ni en el otro; para existir como parlêtre, no puede quedar arrinconado ni aquí ni allá.

La buena noticia es lo que nos enseña el psicoanálisis: un hijo no surge allí donde se ha previsto que venga, sino que siempre, en cierto modo, allí donde no se lo espera.

Esta Conferencia fue publicada en Bitácora lacaniana, octubre 2018, n° 7, p. 277-287.
Traducción: Alín Salom
Revisión: Adolfo Ruiz Londoño

[1] Miller J.-A., “Medea a medio-decir”, Dossier mujeres, El Psicoanálisis, Revista de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis del Campo freudiano, Barcelona, Nº 29, 2016, p. 36.
[2] Lacan, J., El Seminario, Libro 20Aun, Paidós, Buenos Aires, 1975, p. 103
[3] Miller J.-A., “Medea a medio-decir”, Op. cit., p. 37.
[4] Lacan, J., El Seminario, Libro 7, La ética del psicoanálisis, Paidós, Buenos Aires, 1988, p. 366. “el padre como afanándose en […] la madre” (traducción modificada).
[5] Miller J.-A., “Madremujer”, Dossier mujeres, El Psicoanálisis, Op. cit, p. 40.
[6] Miller J.-A., “Medea a medio-decir”, op. cit.
[7] Lemoine-Luccioni E., Partage des femmes. Seuil, París, 1976, p. 33.
[8] Leclerc-Razavet É., « Une femme, ma mère ? », in : L’enfant et la féminité de sa mère, L’Harmattan, Paris, 2015, p. 21.
[9] Lacan J., El Seminario, Libro 20, AunOp. cit, p. 69.
[10] Lacan J., El Seminario, Libro 17, El reverso del psicoanálisis, Paidós, Buenos Aires, 1992, p. 192.
[11] Idem, p. 193.