El siglo XXI nos confronta a una dimensión nueva del amor, una acomodación cada vez mayor de la dinámica de la elección de objeto a las reglas del mercado. El sujeto se convierte paulatinamente en un producto que debe promocionarse para poder venderse, y el objeto se ofrece en una amplia y variada lista. Si el auge del amor a través de internet va en aumento, es sin duda porque introduce una abundancia virtual que contrasta con la escasez real. Es en este punto donde podríamos formular una pregunta: el cinismo contemporáneo como sentimiento creciente del capitalismo tardío, como consecuencia de la pérdida de fe en los ideales y la mercantilización generalizada de la vida humana, ¿afecta de igual manera a los hombres y a las mujeres en el plano del amor? O, dicho en otras palabras: ¿hasta qué punto el utilitarismo cada vez más ilimitado puede llegar a transformar la concepción romántica del amor que tradicionalmente ha sido una potestad de las mujeres?

En su libro Intimidades congeladas (Ediciones Katz, Buenos Aires, 2007), Eva Illiouz escribe: “Como internet nos hace ver todo el mercado de posibles opciones disponibles (para decirlo en términos descarnados: permite comparar precios), en el encuentro real por lo general tendemos a subestimar, no a sobrestimar, a la persona que conocemos”. Es interesante contrastar esta economía de abundancia que circula en la virtualidad de la red, con la escasez que se manifiesta en la vida real. Este desequilibrio, del que muchas mujeres dan cada vez más cuenta, ¿no será una de las razones para la tendencia actual de algunas a disociar el amor y el deseo (mecanismo tradicionalmente característico de los hombres) y que les permite así el acceso al goce fálico sin la envoltura de la palabra de amor? Es una pregunta que no pretende recubrir la originalidad con la que las mujeres una por una se confrontan al problema actual del amor, que en definitiva no es otra cosa que un modo nuevo de declinar esa relación que Lacan declaró como imposible de escribir.