Charlotte Salomon huye en diciembre de 1938 de Berlín a Villefranche-sur-Mer escapando de la barbarie nazi junto a sus abuelos maternos. En el sur de Francia vive una amiga americana que les ofrece refugio. Charlotte tiene 23 años. Al poco de estar allí, y tras escuchar en la radio que las tropas alemanas han cruzado la frontera francesa, la abuela intenta suicidarse. Charlotte se afana en transmitirle el amor a la vida: “mira ahora, el sol está brillando”, le dice mientras le susurra el Himno de la alegría de Beethoven.

En medio de esta desesperación, el abuelo le revela a Charlotte el espantoso secreto de la familia materna. Su madre, su tía Charlotte (de quien toma el nombre), y hasta un total de siete miembros se habían suicidado en el pasado. (La tía se había tirado a un lago, y la madre se había tirado por la ventana. A Charlotte le había dicho su padre de niña que la madre había fallecido por una gripe). Charlotte le dice al abuelo que “siente como si el mundo entero necesitase ser rehecho de nuevo”. El despiadado abuelo le espeta que se mate. La abuela lo consigue en el quinto intento.

Después Charlotte y el abuelo son deportados como “extranjeros enemigos” al campo de concentración de Gurs en los Pirineos. El abuelo es liberado por su avanzada edad, y Charlotte con él. Ambos regresan a la Costa Azul. Por el camino de vuelta parece que el abuelo le pide a la nieta compartir cama. Charlotte siente que se vuelve loca y que el mundo se descompone.

En ese instante de angustia, escribe en tercera persona, “se encontró a sí misma confrontada a la pregunta de si suicidarse o emprender algo completamente loco y extraordinario”. Escoge lo segundo, y durante casi dos años seguidos, entre 1941 y 1942, pinta sin parar, todo el día. Deja al abuelo y se aloja en un hotel en el pueblo próximo de Saint-Jean-Cap-Ferrat. La dueña la oye canturrear en su habitación. Las paredes se llenan de pinturas. “La guerra se encarnizaba y me senté ahí junto al mar y miré hacia las profundidades del corazón de la humanidad”.

La obra – que tuvimos ocasión de ver en el Monasterio de Pedralbes de Barcelona este invierno pasado – se titula Leben? oder Theater? (Vida? o Teatro?), y está compuesta por un total de 769 láminas. Charlotte Salomon pinta durante esos dos años más de 1000, pero no numera ni incluye el resto en la versión final. Contiene primero un programa; y luego un prólogo, la parte principal y un epílogo.

Muchas de las láminas tienen una transparencia con un texto superpuesto y llevan anotado el título de una pieza musical. Charlotte narra su vida desde 1913, el momento previo a su nacimiento en que se suicida su tía Charlotte, hasta el instante mismo en que inicia la obra: ella misma se pinta a sí misma pintando frente al mar.

Los personajes de la obra son sus familiares y próximos: sus abuelos, su padre, su madre, etc. Charlotte les pone nombres musicales. Sobresalen dos: la madrastra Paula Lindberg o “Paulinka Bimbam”, una cantante de ópera que Charlotte admira y, sobre todo, “Amadeus Daberlohn”, en la vida real Alfred Wolfsohn, profesor de canto y voz de la madrastra.

Daberlohn: ¿No tienes miedo de mí? Después de todo, soy un total extraño para ti.
Charlotte: Te quiero

El prólogo da cuenta de su nacimiento, su infancia y juventud. La parte principal incluye el terrible periodo en que su padre es llevado al campo de Sachsenhausen, pero está sobre todo dedicada a la pasión de Charlotte por Alfred Wolfsohn. Esta parte concluye con la huida de Alemania, después de la liberación del padre. El epílogo muestra su vida en Francia.

Gran parte de la obra expone la relación entre Charlotte y Alfred Wolfsohn que había tenido lugar cuatro años atrás. Él había sido diagnosticado con trastorno de estrés postraumático tras pasar por las trincheras de la primera guerra mundial. No dejaba de oír los alaridos de los soldados agonizantes. Se curó a sí mismo gritando, vocalizando sonidos extremos y cantando. Tenía una filosofía que se inspiraba en el mito de Orfeo, en la idea de que había que descender hacia dentro de uno mismo, “hacia el inconsciente”, para crear. En concreto, había que verse a uno mismo en distintas escenas de la vida – en la infancia, junto al psicoanalista, junto al mar, etc. – para rememorar. El uso de la voz era el modo por el que escapar de la muerte en vida: desde el silencio más absoluto, hasta el registro más amplio de las posibilidades vocales.

En Vida? o Teatro? Alfred Wolfsohn es alguien ya entrado en los 40. Charlotte está enamorada de él, pero a ella también le interesa el deseo de Wolfsohn por Paula, la madrastra. Así, Charlotte pinta repetidas veces el rostro de Paula, fijándose en los ojos, pero también toma nota de las palabras de él: “Si miro profundamente en sus ojos, solo veo ahí mi propio rostro reflejado”. También transcribe Charlotte la concepción del arte que Alfred le enseña a Paula: “El arte está profundamente unido al amor. Todos los cuadros de Madonnas son retratos de amadas, y una clase de canto debería ser como una noche haciendo el amor apasionadamente”. En otras pinturas vemos a Charlotte y Alfred abrazados, o sentados en un banco en el parque, o haciendo el amor. Wolfsohn le dice que cree en ella, en su pintura.

La filosofía de Wolfsohn sobre el mito de Orfeo da a Charlotte la determinación, años después y en esa situación de desamparo extremo, de contar su historia. Al igual que Wolfsohn había renacido con el tratamiento de la voz, Orfeo pasa por la muerte (que Wolfsohn llama Eurídice) para adentrarse en el alma. El recuerdo del amor por Wolfsohn le sirve a Charlotte para darse estabilidad y atar un nudo que le impida caer en la locura, sosteniéndose en el discurso. Así explica Charlotte al inicio de la obra: “La creación de las siguientes pinturas debe imaginarse así: una persona está sentada junto al mar. Está pintando. Una melodía de repente entra en su cabeza. Cuando comienza a tararearla, se da cuenta de que la melodía encaja perfectamente con lo que está tratando de poner en el papel. Un texto se forma en su cabeza, y empieza a cantar la melodía con sus propias palabras una y otra vez con su propia voz hasta que la pintura parece completa”.

Paulinka: Tuviste toda la noche para hacer eso Daberlohn: Pero quería hacerlo justo ahoraPor medio de ese amor a Wolfsohn y lo que él le transmitió, anuda Charlotte lo real de los acontecimientos más dolorosos y hermosos de su vida, con las imágenes que le vienen a la cabeza, y con las palabras de sus personajes y las de ese director musical que es ella misma. Es una “opereta tricolor” (“Das dreifarben Singespiel”) formada por las melodías que escuchaba en casa, las que cantaba su madrastra y ella ahora tararea, sobre la vida bajo el terror nazi, los suicidios familiares, pero también sobre sus juegos infantiles, su dedicación a la pintura y, sobre todo, el amor.

Charlotte Salomon emplea únicamente los tres colores primarios, combinándolos entre sí. Nunca recurre al negro. Mientras que en el prólogo texto e imagen están en hojas separadas, en la parte principal el texto está incorporado a las imágenes. El estilo narrativo va cambiando a lo largo de la obra. Al inicio la perspectiva es distanciada, y a veces se sitúa desde una vista de pájaro. Abundan las descripciones. A medida que la obra avanza, van predominando las conversaciones, y las palabras son una sucesión de letras, como brochazos de interjecciones, gestos, miedos y deseos que se mezclan con los contornos poco precisos de los personajes. Hay escenas que dan cuenta de manera humorística o irónica del desencuentro entre los sexos.

La palabra “teatro” también va teniendo diferentes sentidos en la obra. Si al inicio, en el prólogo, es la forma en que lo real de la vida pueden ser puesto en palabras, en la parte principal se convierte en algo paradójico, tanto la mentira en la que ha vivido todos esos años, como la ficción de quien no quiere reconocer que la civilización puede traer consigo la mayor de las destrucciones. Si el teatro no reconoce ese real, también acaba con la vida. Pero, de nuevo, es el teatro mismo el que puede hacer renacer la vida. La palabra, tal y como está escrita en la primera página, puede además ser leída como “Teleater?”, un juego de palabras. Alude al nombre que tenían las primeras gafas que se usaban para ir a la ópera, de la marca Zeiss.

La última pintura de la obra muestra a Charlotte en bañador, frente al Mediterráneo. Las palabras Vida o Teatro? están escritas en su espalda, ahora con solo un signo de interrogación. Son letras pegadas al cuerpo, el signo se diluye en su propia silueta. Está sola. El lienzo es transparente; se ha cerrado el círculo de su vida. En el horizonte se vislumbra una mancha azul, parece un rostro de mujer que se eleva con fuerza del mar; es ella.

Tras acabar la obra, Charlotte entregó los materiales a un médico francés, amigo suyo. Algunas de las láminas que dejó fuera tenían los rostros de Wolfsohn y Paula con los ojos y la boca tapados con una cinta adhesiva. Tal vez podrían leerse paralelamente a la lámina final. Charlotte ha concluido la obra y ya no tiene que pasar por el deseo de ambos, por la mirada y la voz, para sostenerse a sí misma.

En octubre de 1943 los nazis buscaron casa por casa a todos los judíos que vivían en la zona de Niza. Charlotte fue trasladada primero a Drancy, y luego a Auschwitz, junto a su marido, Alexander Nagler, con quien había contraído matrimonio hacía muy poco. Estaba embarazada de cinco meses. Fue gaseada nada más llegar al campo de exterminio, a los 26 años.

En 2016 se publicó una carta, dirigida a Alfred Wolfsohn, que no había sido incluida en la obra hasta entonces expuesta por decisión de la madrastra. En ella Charlotte confiesa haber matado al abuelo poniendo en su tortilla veronal, el producto que llevaban consigo los judíos en la segunda guerra mundial para acabar con sus vidas cuando éstas se volvían insoportables.