“Lo más famoso que de las mujeres ha guardado la la historia es, propiamente hablando, lo más infame que puede decirse”[1]. ¿Por qué las mujeres son el blanco del insulto, de dichos ignominiosos, ofensivos? ¿Por qué son el lecho de la violencia, especialmente la violencia sexual.

Ningún discurso, ninguna ley, ninguna moral parece poder obstaculizar, drenar, esta singularidad. Cuanto más se las considera como víctimas, menos protegidas parecen de estas calumnias e incluso de las brutalidades que las acompañan. Cuando sopla un hedor de misoginia, se sospecha que “les gusta”. Se puede pensar, y algunos psicoanalistas se han extraviado en este camino, que está en su naturaleza hacerse maltratar. Lo que se ha llamado el “masoquismo femenino”.

“¿Qué quiere una mujer?”, he aquí la roca que Freud no pudo cruzar. La feminidad es un enigma y provoca exaltación u horror. La alabamos o se la maldice. Se la cubre de regalos, adorna con joyas o se la desprecia, injuria, se la muele a palos, se la reduce a un trapo. La mujer suscita el exceso.

Lacan responde con una poderosa fórmula ambigua: “…se la mal-dice, se la almadice[2](« On la dit-femme, on la diffâme »).

¿Qué decir de esto?

Sólo hay el lenguaje que insulta porque no puede producir un saber sobre el ser y especialmente el ser sexual. La hembra no recubre la mujer, incluso la deshonra, hasta la deshumaniza.

En tanto que el ser humano es un cuerpo hablante, su exilio primero proviene de un saber, de una identidad sexual, que debería tener, para adaptarse a las exigencias de la vida, es decir, sobrevivir y asegurar la supervivencia de su especie. Convertirse en un hombre o una mujer no es del orden del instinto, ni el producto del conocimiento del proceso de apareamiento y la procreación. “Es un saber que se sostiene del significante y que no debe nada al conocimiento del viviente”[3]. Ser una mujer, o un hombre, sigue siendo un enigma para cada uno ya que no recubre el binario hombre-mujer. Hay un agujero en el saber, sobre todo sobre el sexo. La relación sexual que debería estar al servicio de la autoconservación, resulta imposible de escribir en un lenguaje que no llega a codificarla. Esto es lo que hará decir a Lacan que “la relación sexual no existe”.

Es, pues, imposible significar el ser sexuado. La diferencia sexual se determina entonces en el nivel del lenguaje. Es el Otro del lenguaje el que discrimina e introduce la diferencia, que incluye tanto como excluye, y produce lo extraño y lo extranjero, en el exterior y en el interior. Empleo el Otro según las diferentes formalizaciones que Lacan le dio en su enseñanza. Estas declinaciones se conjugan. Está el Otro, tesoro de los significantes, el Otro del lenguaje, pero también el que vehicula el lenguaje cuando nos acoge en el mundo, cuando cuida de nosotros, a saber, los padres. El Otro, pues, que ha deseado o no que estemos en el mundo, sin no obstante saberlo y que lo transmite en su palabra (o en su silencio). Así que en el encuentro con este Otro, que no puede significar nuestro ser sexuado, el goce se fija.

El lenguaje entra en el cuerpo y lo mortifica, produciendo de esta manera un goce que supera las necesidades de la vida. Es decir que el goce no se aloja solo en los órganos sexuales. Recorta el cuerpo de otra manera, alrededor de otros orificios del cuerpo (boca, el ano, el oído, el ojo), y cada parte puede ser sustraída de su unidad funcional para autonomizarse y erotizarse, produciendo un “se goza”. Por ejemplo, la boca, hecha para alimentarse y emitir sonidos para transmitir informaciones se convierte en puro objeto de goce en su dimensión oral (succión, picoteo, blablablá o silencio), lo que Lacan llama el plus-de-goce. “En el cuerpo hay siempre, dice Lacan, debido a este compromiso en la dialéctica significante, algo separado, algo sacrificado, algo inerte, que es la libra de carne[4] y que uno paga para la satisfacción del deseo.

El discurso, con sus reglas gramaticales y sus excepciones, tratar de dar sentido a lo que se ha convertido en lo enigmático de la vida. El discurso es a la vez los padres, la escuela, la sociedad. Se trata de un discurso móvil, lleno de agujeros, equívoco. Trata también de regular el goce producido por la marca del significante en el cuerpo y que siempre se manifiesta en exceso. Con el discurso, el goce se localiza y así lo apacigua. Esto depende de cómo el sujeto se ha inscrito en el lenguaje: cuanto menos el significante se articula en discurso, más produce goce.

Para ilustrar mis palabras voy a tomar una película que supongo que todo el mundo conoce Guillaume y los chicos ¡a la mesa!, de Guillaume Gallienne.

Esta película es a la vez una declaración de amor y una carta de despedida de un hijo a su madre… una despedida de ese lazo a la vez insondable que une un niño a su madre, pero que también cada uno teje, nutre, mantiene debido a que cada protagonista extrae una satisfacción singular. Para Guillaume, hacerse la chica que su madre esperaba fuera el tercer hijo, le permitió distinguirse de sus hermanos. No es tanto que él fuera el favorito, ni el niño amado; no se trata sólo de amor, sino de una cuestión de distinción, de diferencia, de nominación. Él es el que es nombrado.

Se escapa a la serie. Obviamente, al precio de cierto travestimiento… Pero todo el mundo parece a priori feliz.

Sin embargo, Guillaume Gallienne apunta a la brecha que existe entre nominación y goce. Ser una niña, a pesar de un cierto desprecio del padre, ¿por qué no? Amar a los chicos bajo el título de ser una chica, no es tan difícil —Freud nos lo ha mostrado con la joven homosexual que amaba a las mujeres en lugar de hombre— pero ¿el deseo sexual en todo eso? El sexo de los hombres no sólo le da miedo como los caballos, no le procura ninguna atracción. A pesar del apoyo de la madre a la elección homosexual, Guillaume no consigue sostener su deseo. El travestismo no le da ni el júbilo de la actuación. No hace sino imitar magistralmente a su madre.

Es mediante un recorrido analítica, bastante corto, como pudo tomar la medida de este apego al deseo de la madre que oscurece el suyo. Una interpretación del analista que da en el blanco lo desplaza de una posición de sumisión a las palabras de una madre a la que admira desmesuradamente. Después, el encuentro con la mirada de una mujer, termina de abrirle el camino de su deseo, por las mujeres y por la escena. Elección sexual y artística va de la mano.

Con humor mofa, Guillaume Gallienne nos muestra que si el deseo es siempre el deseo del Otro, no deja de estar sostenido por un objeto que escapa a la nominación, en este caso, la mirada, que la madre esconde tras sus gruesas gafas y que no dirige a nadie.

La mujer no-todo, el Otro goce

La pérdida de goce operada por el discurso se recupera por un lado en un plus-de-goce, y por otro, en otro goce, otra satisfacción, la de la lengua: producir sentido, pero también deshacerlo para gozar del nonsense, del equívoco, del doble sentido… “Otra satisfacción, dice Lacan en Aúnes la que responde al goce que justo hacía falta, justo para que eso suceda entre lo que, abreviando, llamaré el hombre y la mujer. Es decir la satisfacción que responde al goce fálico[5].

El goce pues es inherente a nuestra condición de parlêtre: un goce fálico correlacionado con los bordes pulsionales, el objeto a y un goce Otro, ligado a la palabra. Es el producido por el encuentro con el Otro del significante, pero es un Otro agujereado, barrado.

Y que las posiciones masculina y femenina difieren, como proponen Freud, Lacan y el discurso corriente ¿qué pasa con la posición femenina?

Con la frase La mujer no existe, Lacan pone la zancadilla al lugar común de la simetría hombre-mujer La mujer no es ni el reverso del hombre ni su complemento, ni su mitad… No está marcada por ninguna incompletud, debido a su falta de pene. Es la roca sobre la que Freud se rompió los dientes. Y es a partir de este punto muerto que Lacan inventó esta frase. La castración es para todos porque es inherente a al lenguaje y es esta la castración la que introduce la cuestión de la diferencia. Uno puede inscribirse o negarse a ello. Pero la lógica fálica supone que sólo el hombre es un universal lógico. Sin embargo, hay mujeres.

No podemos decir La mujer puesto que por esencia ella no toda es. El artículo definido se funda en lo universal. “Solo hay mujer excluida de la naturaleza de las cosas que es la naturaleza de las palabras”, afirma Lacan. No hay mujer salida de la naturaleza (que sería más bien hembra), sino mujer que sale del lenguaje. Y siempre hay excepciones al universal de la gramática del lenguaje.

La mujer no es toda ¿que? No es toda en la función fálica. Pero no porque no sea toda en la función fálica no lo sea en absoluto. Es, como el hombre, sometida a la lógica fálica del todo, tener o no tener. Pero hay otra lógica, llamada femenina, que es la lógica del no-todo. Se refiere a un goce más allá del objeto, más allá del Uno y que concierne a la palabra como Otro. “El ser sexuado de estas mujeres-no todas, dice Lacan en Aúnno pasa a través del cuerpo, sino por lo que se desprende de una exigencia lógica en la palabra. En efecto, la lógica, la coherencia inscrita en el hecho de que existe el lenguaje y de que está fuera de los cuerpos que agita, en suma, el Otro que se encarna, sí se me permite la expresión, como ser sexuado, exige este una por una. Y eso es lo extraño, lo fascinante, cabe decirlo: esta exigencia de lo Uno, (…) sale del Otro. Allí donde está el ser, es exigencia de infinitud[6]. Esta palabra es la de la lengua que escapa a la articulación simbólica y a la articulación del lenguaje como lo que da sentido. Es una lengua más allá del sentido, fuera del límite del sentido, fuera-de-sentido.

Por lo tanto, es un goce en plus, adicional. Y este goce está marcado con el sello de la ignorancia es un goce que se experimenta, pero no podemos decir nada … un goce que se convierte en Otro para sí mismo.

Lo extranjero, que se dice mujer, que se difama, el Otro sexo, es el Otro por excelencia, la diferencia introducida por el lenguaje. También es este goce Otro, ya que no es el que debería ser si existiera la relación sexual. Este goce es siempre singular, porque es diferente para cada ser humano, depende del encuentro entre un cuerpo vivo y la lengua. Se convierte en nuestro Otro, que se nos aparece tan íntimo como extranjero, porque está más allá de nuestro control, de nuestra conciencia. Está a la vez más allá de nosotros mismos y dentro de nosotros mismos. Lacan le dará el nombre de extimidad. “Éxtimo, precisa Jacques-Alain Miller, es, en primer lugar, el Otro del significante, éxtimo al sujeto, aunque más no sea porque la lengua mía, en la que expreso mi intimidad, es la del Otro. Pero también hay otro éxtimo que es el objeto[7], lo que excede al Otro, el goce Uno que se localiza en un borde pulsional y se vuelve objeto plus-de-goce.

El ser femenino es siempre indefinido. Esto es lo que le hace que deliremos denodadamente y que se pueda decir despellejando. Lo que nos enseña este goce llamado femenino, con Lacan, es que concierne a lo que escapa a la norma, al para todos; concierne a esta singular relación al goce, a lo ilimitado, y también a la lengua en lo que tiene de insensato, de ilocalizable, indecidible. Es el Otro para uno mismo, este goce, íntimo y extranjero, que es difícil de asumir y que se proyecta hacia el exterior, haciendo del Otro, el extranjero que se difama, se dice mujer, el chivo expiatorio.

Traducción de Luis Alba


[1] J. Lacan, El seminario, libro 20, Aún; Paidós, Barcelona 1981, p. 103.
[2] Ibid.
[3] Miller J.-A., “Biología lacaniana y acontecimiento de cuerpo”. Colección Diva, Buenos Aires 2000, p. 23.
[4] Lacan, J., El seminario libro 10, La angustia; Paidós, Buenos Aires 2006, p. 237
[5] J. Lacan, El seminario, libro 20, Aún, Paidós, Barcelona 1981 p. 79
[6] J. Lacan, El seminario, libro 20, Aún, Paidós, Barcelona 1981 pp. 16-17
[7] Miller, J.-A., “Plus intérieur que plus intime”, La Cause du Désir, n°96, juin 2017, p.106.