Manuel Fernández Blanco

El Encuentro Europeo del Campo Freudiano PIPOL 3, que se desarrollará en París el 30 de junio y el 1 de julio de 2007, nos convoca bajo el título de Psicoanalistas en contacto directo con lo Social, con la contribución de los CPCT y otras instituciones asistenciales de orientación lacaniana.

Este título puede resultar sorprendente para algunos, ya que todo el mundo sabe que el psicoanálisis es una práctica privada. Lo es en dos sentidos. En primer lugar, porque el encuentro con un psicoanalista requiere privacidad. Y, en segundo lugar, porque incide sobre lo más íntimo de un sujeto.

Por eso, podría parecer un contrasentido hablar de la acción social de los psicoanalistas. Sin embargo no es así. No es así porque, como ha subrayado J.-A. Miller1, “el lazo social es el síntoma”. No hay lazo social por fuera del síntoma, no hay forma de vincularse que no sea sintomática, es decir que pudiera estar libre del goce más particular de cada uno. Y, justo porque el síntoma está presente en todo vínculo humano, el malestar en la civilización es ineliminable. A pesar de todas las mejoras sociales, el malestar persiste, y nos atrevemos a decir que crece a medida que el goce aumenta. Por eso, cada vez más, el problema para la política no es ni la atención a las necesidades, ni la permisión de los goces, sino su articulación. Si los nuevos sujetos, caídos los ideales y valores universales, sólo tienen el goce para salir de su homologación desubjetivante, la nueva política está prometida a destinar cada vez más recursos para tratar de articular los goces.

No podemos sostener más la ilusión de que la tolerancia democrática permitiría articular los goces armónicamente. Tenemos ejemplos sobrados de ello: así comprobamos como, a pesar del avance de la conciencia feminista, y de todas las iniciativas legislativas, sociales y policiales contra la violencia de género, aumentan los asesinatos de mujeres a manos de sus parejas, o antiguas parejas, que, con frecuencia, se suicidan inmediatamente después de su acto homicida; igualmente nos sorprende el hecho de que muchas mujeres maltratadas insistan en volver con sus maltratadores; también observamos como aumenta, de modo notable, el número de abortos en la época de la información sexual y el libre acceso a los métodos anticonceptivos; y asistimos a la generalización del bulliyng y la violencia en las aulas. Estos son sólo algunos ejemplos de aquello que hace síntoma, en su doble vertiente de enigma y malestar, en la civilización.

Los psicoanalistas, desde Freud, estamos entre los mejor situados para pensar y dar respuesta a lo enigmático, a lo que hace pregunta y es causa de malestar social. Por eso nuestra clínica e investigación puede ser de auténtica utilidad pública. Sin embargo, acostumbrados a interesarnos por la subjetividad y la verdad reprimida, por “la auténtica verdad”, hemos padecido históricamente de una especie de narcisismo de la verdad. Esta posición provocaba nuestro desinterés por demostrar y hacer valer la utilidad pública de nuestra práctica y nos abocaba a un cierto autismo social. Ha tenido que ser el Otro, de la sociedad del control, quien nos viniera a despertar del sueño de los justos.

La sociedad actual está dominada por la revolución tecnológica que se hace equivalente al progreso. Por eso, en el discurso social dominante, el presente y el futuro cuentan más que la memoria. Los sujetos actuales son cada vez más ahistóricos, son los que llamamos sujetos desconectados del inconsciente, de la historia particular y desconocida de cada uno. Estos sujetos son hijos del capitalismo en su ahistoricidad, o de una historicidad reducida al corte sincrónico de un delgado presente. Por ello, son sujetos a los que lo que les falta de culpa, efecto del pasado y de lo hecho, les sobra de angustia, efecto de lo porvenir futuro. Ahora, como ya decía Lacan en el año 19612, “Ya no está a nuestro alcance limitarnos a ser culpables por la deuda simbólica. Es tener la deuda a nuestro cargo lo que nos puede ser, en el sentido más próximo que esta palabra indica, reprochado. En suma, es la deuda misma en la que teníamos nuestro lugar lo que nos puede ser arrebatado, y entonces podemos sentirnos a nosotros mismos totalmente alienados. Sin duda, la Áte antigua nos hacía culpables de esta deuda, pero al renunciar a ella como ahora podemos hacerlo, llevamos la carga de una desgracia todavía mayor, por el hecho de que ese destino ya no es nada”. En efecto, lo que vivimos actualmente es que “La culpabilidad que nos queda, la que nos resulta palpable en el neurótico, es precisamente la que hay que pagar debido a que el Dios del destino está muerto”3.

Las anteriores citas de Lacan, de hace 45 años, son el diagnóstico de nuestros días: el dios del sentido ha muerto, lo que arroja a los sujetos a unas vidas cada vez más y más desprovistas de sentido porque sólo por la deuda el sujeto se vincula al Otro, se sabe hijo del Otro. Esto es lo paradójico, lo sorprendente, que si el dios del sentido ha muerto, sólo queda el sinsentido, o sea, la orfandad, lo que lleva a la extensión del sinsentido como forma de estar en el mundo. Esto supone que si antes la desgracia se significaba como deuda a pagar, incluida en el destino, ahora sólo queda el sacrificio del sujeto a un dios oscuro.

La memoria para el amo de las regulaciones, normas y protocolos, es un signo de antipragmatismo. Las TCC le proponen al sujeto técnicas para “pasar página” sin interrogarse por la causalidad, por el origen, por la memoria que no se deja olvidar, por la dimensión irreductible y singular del trauma. Son técnicas que, diluyendo las estructuras clínicas, promueven la omnipotencia de la voluntad rechazando los límites, la imposibilidad, lo que aboca al sujeto a la impotencia.

La respuesta protocolizada, al malestar individual, supone un empuje a lo uniano. El efecto de retorno de esta homologación desubjetivante es la búsqueda de la singularidad, el empuje a darse un nombre, mediante el recurso a la diversidad imaginaria (la calle es variopinta) y al goce separador. Esto explica que el modo de goce se presente cada vez más al desnudo en el lazo social y que la política, en las sociedades occidentales, se reduzca con frecuencia al imposible intento de articulación y armonización de los goces individuales y de los grupos, cada vez mas organizados sobre la base de compartir el mismo rasgo de goce.

Esto promueve en la civilización la creencia en la posibilidad de una relación directa del sujeto con su objeto de goce. Esta especie de naturalismo lleva al fantasma al primer plano de la relación social. El discurso actual, mezcla de aparente liberalismo y rechazo a la castración, ataca la inhibición del sujeto bajo el imperativo “¡Tú puedes!”. De este modo, lo aboca a lo peor al cortocircuitar la dimensión del síntoma, degradándolo en inhibición yoica. El discurso social dominante fomenta la creencia de que el objeto de satisfacción puede ofertarlo el mercado o una técnica conductual que permita un mayor asertividad.

Como respuesta a esta situación, y en defensa de la utilidad pública del psicoanálisis, se desarrollan las iniciativas de las escuelas de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, de creación y sostenimiento de Centros Psicoanalíticos de Consultas y Tratamiento (CPCT) y de otras instituciones de Psicoanálisis Aplicado, en diferentes ciudades del mundo.

En estos centros, gratuitos, hacemos posible el encuentro con un psicoanalista para todos aquellos que puedan beneficiarse de esta posibilidad, sin que la dificultad económica, o de otro tipo, para hacer un tratamiento a nivel privado, suponga un obstáculo para nadie. Esta iniciativa supone defender, en acto, el psicoanálisis como un derecho ciudadano, como una alternativa frente al sufrimiento más intimo de cada uno. Consideramos que el encuentro con un psicoanalista es algo demasiado valioso, como para que sólo sea posible para algunos. Sabemos de la eficacia terapéutica de nuestras intervenciones, y de la rapidez de las mismas, incluso en aquellos casos donde llevar un psicoanálisis hasta su final lógico sería imposible.

Permitir la posibilidad de hacer la experiencia del inconsciente a un sujeto, para encontrar la lógica de sus decisiones y de su posición en la vida, es lo que abre a la posibilidad de salir de la repetición de lo peor. Por eso, el psicoanalista lacaniano es un psicoanalista disponible. Está tan disponible que hace algo muy raro en la sociedad contemporánea: acepta trabajar gratis. Acepta proyectarse más allá de su consulta privada para, por su acto, sostener en la ciudad el derecho al psicoanálisis. El impulso a esta política ha sido posible gracias a la generosidad de muchos de nuestros colegas y a los apoyos recibidos por amigos del Campo Freudiano y de diversas instituciones privadas y públicas.

Los CPCT son una invención poética, si por tal se entiende la creación que necesitábamos. Los CPCT hacen existir el efecto de la palabra, ofertando la escucha. Basta que un sujeto, el más desorientado, el más angustiado, el que llega con la mayor urgencia porque algo le resulta necesario de decir, el que está al borde de un acto de consecuencias lamentables, basta que cualquiera de estos sujetos entre en un Centro, para que la palabra y la escucha hayan ganado una batalla. La utilidad social de la escucha, utilizando la expresión de Jacques-Alain Miller, es más necesaria y actual que nunca en nuestra sociedad donde, cada vez más, la respuesta técnica al sufrimiento psíquico se hace en base a protocolos estandarizados que borran la particularidad, la dimensión individual del síntoma, y condenan a la cronificación. Añádase a este cuadro la nueva clínica infanto-juvenil dominada por el déficit de la palabra que condena a la hiperactividad y al acceso cada vez más masivo y precoz al consumo de drogas y alcohol.

Los CPCT son el laboratorio privilegiado de la clínica que viene, de la clínica de mañana. Son, por decirlo así, la clínica que transformará la clínica. Si la histérica contestaba al amo en posición de saber, ahora es lo real lo que viene como respuesta al amo en posición “protocolaria”, ya que los protocolos son el nombre de la rutinización, o sea, el empuje hacia la repetición. Lo cierto es que el malestar tiene cada vez más lugares de tratamiento y cada vez menos lugares de escucha y acogida, y por eso lo real se muestra cada vez más al desnudo.

Cuando asistimos al momento en el que el estatuto mismo de ciudadano se ha degradado al de usuario y consumidor, y en el que la cultura de la globalización es equivalente al centro comercial, el psicoanálisis puede contribuir a una renovación del estatuto del ciudadano contemporáneo. La orientación por el síntoma es la posibilidad de que el sujeto contemporáneo acceda al estatuto de ciudadano tomando distancia del estatuto de súbdito: súbdito del significante amo de la normo-praxis que lo aboca a la esclavitud del goce más opaco. Los psicoanalistas debemos oponer al sujeto protocolizado el ciudadano-síntoma. Esta es nuestra concepción de la utilidad. No es la utilidad concebida en términos de rentabilidad capitalista, adaptación y funcionamiento. Es la utilidad que se deduce del plus-de-vida que el tratamiento del sujeto, vía síntoma, posibilita.

Y esto es así por una razón de estructura: lo que nos hace sufrir es el vínculo, y es declinando el vínculo de otra manera, que la posición respecto a los otros cambia. Dicho esto, podemos señalar, con un poco de ironía, que el psicoanálisis contribuye a la paz social, sólo que esa paz es producto de situarse de una manera nueva en el vínculo, y no de un a priori con tintes de pastoral.

Los psicoanalistas lacanianos estamos bien situados para responder a los retos de la civilización hipermoderna. Sabemos que los protocolos siempre quedan inservibles ante las contingencias. Sabemos que un fracaso escolar no es, con frecuencia, el resultado de un déficit intelectual, sino una forma de rechazo al Otro. Como sabemos que un accidente laboral, puede ser debido a la pulsión de muerte de un sujeto.

Estas verdades, para nada humildes, en nada sencillas, constituyen algunas de las armas con las que el psicoanálisis puede salir a la escena pública, aportando su clínica y su interpretación de lo que hace síntoma en la civilización. Civilización que está caracterizada por los fenómenos derivados de la globalización. Este concepto de globalización implica, como lo ha desarrollado Jaques-Alain Miller en Intuiciones Milanesas4, que la noción de lugar queda sustraída. En ese mismo texto, Miller destaca que “lo que los sociólogos advierten es que la globalización se acompaña de individuación. Lo que está afectado es la forma de vivir juntos, el vínculo social, que existe en forma de sujetos desarrumados, dispersos, y que al mismo tiempo induce en cada uno un deber social y una exigencia subjetiva de invención”5.

La globalización aboca a los sujetos a la necesidad de inventar su propia vida, sin referencias, sin el auxilio de un discurso y de unos valores universales. La paradoja de la globalización podría ser algo del tipo: “Todos en lo mismo y cada uno a lo suyo”. Y nada hay más de uno mismo que su propio síntoma que es, a la vez, lo único que le permite hacer vínculo social, porque el síntoma incluye la dimensión del Otro.

La ironía de la globalización es que favorece el empuje al individualismo. Lo global es el resultado de la crisis de lo universal, lo global es el imaginario de lo universal y promueve la lógica del no-todo, así como las soluciones fragmentarias, provisionales y locales. Esta crisis del sentido aboca a la angustia a muchos sujetos, especialmente a los menos metonímicos, especialmente a los que necesitan abrochar un sentido para tolerar la existencia. Estos sujetos ya no tienen el amparo de la tradición, ni de los discursos preestablecidos y totalizadores que, conviene destacarlo, participaban de la lógica masculina. Por eso, uno de los efectos de la globalización es una cierta feminización de las lógicas discursivas y sociales y el empuje a los goces que no pasan por el falo.

En cualquier caso, las nuevas formas de presentación del síntoma son las nuevas formas de lazo social. Lo que permite afirmar que cualquier modificación en el síntoma es una intervención social, tal vez la más eficaz de las intervenciones sociales. Esto es lo que nos permite afirmar que la política de creación de los CPCT es nuestro modo de privilegiar la relación directa, desde nuestra clínica, con lo social. Es un acto político en el sentido más noble de esta palabra. Terminaré citando a Lacan cuando, en Lituraterre, dice que si el encuentro entre la política y el psicoanálisis pudiera darse sería para “poner el psicoanálisis en el primer lugar de la política”6 y de ese modo contribuir a que, “ahí, se jueguen otras palabras”7.

Notas:

  1. J.-A. Miller, Los inclasificables de la clínica psicoanalítica. Buenos Aires, Instituto Clínico de Buenos Aires / Paidós, 1999, pp. 347-348.
  2. J. Lacan, El Seminario, libro VIII, La transferencia. Buenos Aires, Ed. Paidós, 2003, p. 340.
  3. Ibid.
  4. J.-A. Miller, “Intuiciones Milanesas I”, Cuadernos de Psicoanálisis, 29, p. 27.

  5. J.-A. Miller, “Intuiciones Milanesas II”, Cuadernos de Psicoanálisis, 29, p. 40.

  6. J. Lacan, “Lituraterre”, en Autres écrits. Éditions du Seuil, Paris, 2001, p. 18.

  7. Ibid.