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Condiciones de la acción psicoanalítica lacaniana sobre el malestar en la civilización

Jean-Daniel Matet

El debate preparatorio de esta Jornada ha evidenciado la distinción esencial entre los distintos síntomas que traducen las situaciones de aislamiento social y la cuestión ética que plantea la soledad fundamental del sujeto.* El sujeto construye su vida en torno a esta soledad, ya sea privilegiando las relaciones con los demás o bien prefiriendo la vía del aislamiento hasta su reclusión, cuando no logra escapar de las voces persecutorias o de las malas intenciones de sus próximos; es una elección relativa.

Así, una mujer, “hija de esquizofrénica” como ella misma decía, se refugiaba en distintos bares para evitar volver a su casa. Estaba atormentada por las diferentes intrusiones de alguien próximo, no uno que vive al lado, sino un perseguidor de mucho tiempo, el ex-director del establecimiento en donde ella trabaja y a su vez padre del muchacho al cual había dirigido una erotomanía. Desde hace varios años consulta con dos psicoanalistas, uno de ellos es psiquiatra encargado de su tratamiento contra las voces, criticadas por su carácter racista. Sin embargo, ella decide la posología, ya que la “realidad” de los fenómenos cenestésicos es para ella antinómica con un delirio y por lo tanto no puede ser objeto de ningún tratamiento. Aún mantiene relación con tres o cuatro compañeros de estudios. Teniendo en cuenta la historia psiquiátrica de su madre, ella encuentra en las sesiones con un analista un encuadre, un ritmo, que sostienen su existencia en un marco civil aceptable.

Otro, un hombre de cincuenta años quien en el pasado había sido un seductor, que perseguía con insistencia a sus conquistas femeninas. Se trata de un ejecutivo que, habiendo reducido progresivamente toda relación con los demás, fue conducido al hospital a causa de su agitación delirante. Había sido hospitalizado contra su voluntad por haber expresado muy abiertamente sus convicciones delirantes a su antiguo empleador. Estaba concernido por un complot ligado al descubrimiento de cierto trapicheo financiero en su empresa. El desencadenamiento de esta psicosis paranoica fue contemporáneo del relevo entre padre e hijo, al frente de la empresa. Este hombre, amante de las encuadernaciones [reliure[1]] antiguas, se aislaba y se volvía cada vez más un desecho humano, presa de una persecución generalizada (todo parecía una señal: la intrusión en su domicilio, las llamadas por teléfono, son para él signos de un complot que lo llevan a renunciar hasta a sus últimos vínculos, contaminados por el mismo).

El corazón del delirio se mantuvo intacto, pero los vínculos que logró anudar con su psiquiatra después de su hospitalización, sostuvieron los intercambios que hemos tenido. Había intentado retomar su vida social y compartía con nosotros su gran interés por la literatura del absurdo. También había retomado una vieja novela que pudo terminar en el transcurso de las entrevistas que siguieron a su hospitalización, y cuyo escrito testimonia de una extraña danza con la muerte bajo, la forma de un coche fúnebre. Considera su libro como el sostén de su existencia y nos ha hecho depositarios de él, esperando que le ayudemos a publicarlo y difundirlo. Pero, finalmente, yo seré su único interlocutor y el único testigo de sus soluciones para tratar los efectos de su soledad respecto al lazo social. Ahí donde falta el significante amo, la escritura le permite fabricar una ficción que le impide pasar al acto.

Las soluciones de todas las modalidades sintomáticas del aislamiento (de la fobia al impulso, del voyeurismo al exhibicionismo, del delirio mesiánico de hacer multitud al aislamiento del anacoreta), pasan por todas las formas de captación o de aspiración a la libertad: elecciones amorosas, deportivas, políticas, etc. Una de las funciones del analista es acompañar las soledades contemporáneas. Ahí podemos distinguir el lazo del “vivre ensemble”, “convivir”, significante moderno de la comunicación en las democracias, y el lazo más del lado de un anudamiento ordenado por el fantasma.

Por eso esperamos más del psicoanálisis para transformar algo de estos lazos.

Si queremos salir de una aproximación sociológica e incluso psiquiátrica en el sentido en que son nombrados estos síntomas o las estructuras que las sostienen, debemos apoyarnos primero en lo que la experiencia analítica nos enseña y en lo que puede deducirse de la enseñanza de Lacan.

El libro de nuestra colega Laura Sokolowsky sobre el Instituto de Berlín nos ayuda a entender el proyecto freudiano de poner el psicoanálisis a disposición de un público más amplio. Así, los centros de consulta y de tratamiento creados por psicoanalistas lacanianos dieron lugar a una experiencia. El riesgo es tomado por uno o por otra, más bien a título individual y no tanto grupal, como en la creación de instituciones ligadas a las escuelas. Estas iniciativas encontraron, sin embargo, varios obstáculos y contradicciones que obligaron a repensar el proyecto inicial. El CPTC nace en París como un laboratorio de investigación de la École de la Cause freudienne y se extiende a diferentes regiones, por iniciativas individuales de los miembros. El CPCT de París perdió la amplitud de sus ambiciones iniciales al querer colaborar con ciertas estructuras sociales y asociativas más allá de lo que su independencia podía soportar. Es necesario sostener imperativamente nuestra independencia administrativa y financiera si queremos continuar esta acción lacaniana sin vernos reducidos a prácticas cada vez más protocolizadas. Es necesario cortar todo lazo de dependencia con cualquier autoridad política o administrativa que no sea la ECF, la AMP o el Campo freudiano.

El marco es simple: un analista de la ECF recibe una demanda en el CPCT. Se trata de un acuerdo para acceder, o no, a un tratamiento gratuito de un máximo de dieciséis sesiones. Este dispositivo es un laboratorio en el sentido de que no conocemos de antemano los resultados, que podrían llegar a ser la puesta de relieve de un significante amo o más bien de otros significantes que allí hacen eco. Un despliegue imaginario, una invención significante ya sea artística o de otro tipo, una eventual derivación a un psicoanalista. Hacer un diagnóstico, plantear una dirección de tratamiento cogiendo un significante regular del testimonio del paciente no produce efectos sobre el lazo social como los de la cura, pero permite aliviar y abrir perspectivas de tratamiento o de suplencias.

Por medio de una enseñanza abierta a todos y con cierta limitación de las contra-indicaciones, Lacan abogó por la mayor difusión de la formación analítica. El futuro psicoanalista encuentra su legitimidad en la cura y en la experiencia del Pase, el analista se autoriza en sí mismo y por otros miembros de la Escuela. Sin ninguna sumisión a una universidad o a la dirección de ningún establishment o partido político, sin ningún intento de hacer élite que no sea por la transferencia. Podemos levantarnos contra el Parlamento cuando el psicoanálisis se ve amenazado, o hacer una campaña contra Marine Le Pen y sus amigos fascistas, justamente porque la interpretación del inconsciente no se confunde con una concepción del mundo y en eso reside nuestra fuerza.

La sociedad es nuestro gran Otro, el lugar donde se despliega el discurso del Otro, los significantes del Otro. Hay un destino común entre la poesía y el psicoanálisis que lleva a Jacques-Alain Miller a considerar al psicoanalista lacaniano como un exiliado en el interior de la sociedad (curso Un esfuerzo de poesía[2]). Esto permite oponer al “desencanto” por el mundo moderno que denuncia el poeta, un mundo regido por la “utilidad directa” (Edgar Allan Poe) un “re-encantamiento” del mundo en cada sesión analítica. Esto pone asimismo la fe en una utilidad indirecta, o sea en una causalidad misteriosa que se impone en el análisis, en oposición a esa alteridad directa que hace a la vida social y a la existencia común de cada uno.

La sesión analítica, según J-A Miller, es una playa de goce sustraído a la ley del mundo, pero que también le permite ejercer su reinado al proporcionarle un respiro, una pausa en esa continua e incansable búsqueda de sustracción, de extracción de plusvalías que, según se cree, justifica que existamos.

El concepto de “sociedad” nos permite soñar, nos hace creer en la existencia de un Otro que precede incluso al sujeto. Por eso Lacan propone el concepto de “lazo social”, haciendo caer este Uno de la sociedad que es más bien ilusoria sin que esto le impida tener un porvenir, como decía Freud, a título de ilusión. A la tríada imposible de “gobernar, educar y psicoanalizar”, Lacan agrega un cuarto discurso, el de la histérica, que apunta al amo para cuestionarle.

El lazo social es concebido como una relación de dominación. Para Lacan, el lazo social no consiste en el intercambio, la cooperación, la coordinación de unos con otros, la complementariedad, la distribución del trabajo. Tampoco se trata del don ni de un cálculo impecable por parte de un Otro por fuera de ese lazo social, que J.-A. Miller llama “dominal”[3] y no sigue la vía de la distribución justa. “La sociedad” deviene sospechosa en el discurso político, cuando se enuncia en nombre de lo igualitario o como una variante del reconocimiento.

Según Lacan, el lazo social no es igualitario y lo igualitario es en el fondo asocial, es decir, que no permite justamente establecer y sostener un lazo. Lo que hay de igualitario en un lazo es la relación de un semblante con otro y esto conlleva el riesgo de un enfrentamiento a muerte. Por eso Lacan introduce lo simbólico en esta relación imaginaria, y es necesario que prevalezca para evitar la competencia que produce la guerra.

La paranoia, como nos muestra Lacan en su tesis con el caso Aimée, es un problema de relación social. La experiencia analítica, subraya J.-A. Miller, tiene dimensión de epopeya, que acompaña a la experiencia analítica en su despejar la estructura de la ficción, una ficción creada a fin de que los elementos de la existencia vengan a “hacer verdadero” (à faire vrai). Hay que despejar el significante amo, que en primer lugar tiene un valor de representación social del sujeto frente a un otro. Se trata de saber quien nos da ese valor representativo. Para Lacan, es esta época, es el gran Otro.

En la época del Otro que no existe, en la que el sujeto ya no se contenta con los significantes tradicionales, cada uno intenta buscar el suyo propio. Por eso Lacan propuso el discurso capitalista, donde el sujeto, que no tiene significante, es en cierto modo libre de inventar el significante que no encuentra. Los sujetos inventan su propio significante amo (J.-A. Miller pone el ejemplo de los gays). La cuestión era si los psicoanalistas se quedaban pegados a las categorías y a los significantes amos tradicionales o si acompañaban este movimiento de la civilización.

Es lo que la AMP decidió hacer. Esto implica que “el poder es siempre un poder significante. El significante es la sustancia del poder”. Por un lado, “el S1 identifica, paraliza al sujeto, lo captura. Le permite decir: “Soy esto para el Otro”. Pero, al mismo tiempo ordena el conjunto de los significantes, designados como S2.

En El reverso del psicoanálisis, Lacan dice que el significante amo asegura la legibilidad de los discursos y une al sujeto con el conjunto de significantes.[4] Esto permite a J.-A. Miller dar una definición de democracia, según la cual no hay un significante amo último, de manera que la tolerancia, valor promulgado por el discurso de las Luces, es de hecho una intolerancia al significante amo-absoluto, una invitación a soportar la existencia de otros valores. Vemos entonces como al lugar del enemigo tradicional (el otro) vienen las versiones del absolutismo: el integrismo, el fundamentalismo, etc. Emerge así un relativismo que podría expresarse de esta manera: “Tu no vales más que el otro”.

El psicoanálisis se construye entonces como una “contra-sociedad”: rechazo del significante amo y del plus de gozar como residuo. Así es como Lacan ha podido hacer del psicoanálisis el reverso del discurso del amo. El psicoanálisis invalida tanto el discurso del amo como los discursos que se reivindican contra el discurso del amo, ya que protestar y meterse con él no hace más que reforzarlo y, a fin de cuentas, colaborar con él. Lo dice en Televisión y no se trata de una reprobación del compromiso político ¾una vez habló su orgullo con el compromiso político de sus hijas.

El discurso analítico, como el discurso de la histérica o el discurso universitario, en tanto tipo específico de lazo social, supone cierta forma de organización social que queda excluida de todas las formas totalitarias de funcionamiento de la sociedad que no permiten la pluralización del lazo.  De ahí llegamos a una definición de J.-A. Miller de la acción lacaniana como las consecuencia del acto analítico en la sociedad.

Lacan se lamentaba de que su enseñanza no tuviera los efectos que él hubiese deseado en la sociedad. Ahora queda para nosotros la tarea, siempre renovada, de saber cómo hacer para sostener junto al acto analítico esta acción lacaniana.

Jean-Daniel Matet. AME; ECF. Psicoanalista en París.

matet@wanadoo.fr

* Intervención realizada en la I Jornada de l FCPOL: “La soledad y el vínculo”. celebrada en Madrid el 2 de junio de 2018.

[1] Reliure, en francés es el arte de encuadernar (relier) (encuadernar) un libro. El verbo relier significa unir conectar, encuadernar.
[2] Miller, J.-A., Un esfuerzo de poesía, curso de la orientación lacaniana 2002-2003, Buenos Aires Paidós, 2016, clase X, del 5 de marzo de 2003.
[3] En francés, “dominial”, neologismo.
[4] Lacan, J., El Seminario, libro 17: El reverso del psicoanálisis, Barcelona, Paidós, 1992, págs. 20-205.

 

Este artículo ha sido publicado en la revista El Psicoanálisis nº 33.