Publicamos hoy el texto: «Jessa Crispin y su fallido Manifiesto feminista», incluido en el libro de Vilma Coccoz, Psicoanálisis. Feminismos y féminas de próxima aparición.

Jessa Crispin y su fallido Manifiesto feminista[1]
Por Vilma Coccoz 

Un universal fácil

El libro de Jessa Crispin Por qué no soy feminista, un manifiesto feminista ofrece una inmejorable ocasión para situar el necesario debate acerca del estado del movimiento en la llamada “tercera ola del feminismo.”  Desde las primeras páginas encontramos una lúcida descripción de la maldición que arrastra consigo la conquista de un universal fácil[2], derivado de consignas fácilmente asumibles por todas y todos.

Convertido en una pose, desdeñando la labor de las pioneras, el mensaje del feminismo de última horneada se quiere tranquilizador, y acaba reduciéndose a una etiqueta. Crispin inicia el recorrido de su crítica: “En algún punto del camino hacia la liberación femenina se decidió que lo más eficaz era lograr que  el feminismo se hiciese universal.(…) Olvidaron que para que algo sea universalmente aceptado ha de resultar lo más banal, inocuo e inoperante posible.”[3] Cierto. Pero queda sin formular la pregunta por los agentes de la desmemoria y las razones por las que pudo operarse tamaña “decisión” cuyo signo es el inmerecido olvido.

Aunque no nos explica a través de qué vías podría lograrse, Crispin aboga por un desmantelamiento completo del “sistema” en favor de que las mujeres puedan crear sus propios gobiernos, sus sistemas religiosos y sus economías: “No puedo vincularme a un feminismo obsesionado ciegamente con el “empoderamiento” y entre cuyos objetivos no figura la total destrucción de la cultura corporativa, un feminismo que se conforma con un porcentaje más alto de mujeres al frente de las empresas y del ejército, un feminismo que no entraña ninguna reflexión, ninguna incomodidad, ningún cambio real.”[4]

El movimiento feminista, explica esta autora, ha sido siempre una cultura marginal. No fueron una mayoría abrumadora las sufragistas, ni las que organizaron empresas y bancos, o aquellas que formaron una red segura de clínicas abortistas, ni las que lucharon por un espacio propio en los sistemas educativos.

Actualmente el feminismo es tendencia, se ha puesto de moda, constata Crispin. Lo que fue en su momento una acción colectiva que tenía en perspectiva un cambio social, se ha desplazado hacia el logro individual, hacia una conquista identitaria, con la consecuente segmentación en grupos cada vez más pequeños.

El tener como meta la universalidad es a costa de simplificar el mensaje “hasta el extremo de que sólo los fanáticos religiosos y los misóginos acérrimos pueden discrepar de su discurso.”[5] Lo cual redunda en un producto “insustancial y disneyficado”, una campaña de márquetin feminista y no una “filosofía feminista”, asegura, sin adentrarse en lo que entiende por ello.

Se rebela Crispin ante la comodidad y simpleza de las bases de tal campaña, la cual asegura a sus defensoras un escudo ante las críticas que les exime de pensar o poner en tela de juicio sus decisiones. Por eso para reclutar adeptas a estas feministas de nuevo cuño les basta reformular el feminismo y lo llevan a cabo de dos maneras: Una, volviéndolo menos amenazante, maquillando con el nombre de decisiones personales la adhesión a ciertos cánones culturales. Y la otra, difundiéndolo como “un nuevo método de autoayuda.” Ilustra la primera opción con el matrimonio, criticando severamente las chicas que optan por la opción de quedarse en casa a cuidar a los niños. Amén de que no parece ser una elección mayoritaria, este es uno de los puntos problemáticos de su argumentación, porque considera el matrimonio sólo como “una forma [tradicional] de controlar a las mujeres y reducirlas a la condición de propiedad.”[6]  Tal afirmación se sustenta en su rechazo personal a la condición de esposa[7], y deriva en una interpretación sesgada de este vínculo entre los seres humanos, cuyo deseo va más allá del dominio y los bienes como ha sido demostrado en el clamor suscitado por el derecho al matrimonio homosexual, felizmente conquistado en muchos países.

El aclamado “empoderamiento” es interpretado con justeza por Crispin como un factor ansiógeno que cultiva una mentalidad de comparación constante, un “proceso de valoración” destinado a proponer como meta de realización personal la corrección de defectos y puntos débiles. No casualmente se refiere a la imagen corporal y a la calidad de la vida sexual como ideales de conquista personal.[8] Se trata sin duda de uno de los espejismos con los que la llamada “civilización de la imagen” intenta paliar los efectos de la humillación que ejerce el lenguaje sobre ambos sexos, esto es, la dimensión de la falta-en-ser, cifrando en la alienación imaginaria la vana esperanza de su solución. Pasión de la ignorancia que siembra el desvarío de búsquedas tan costosas como fallidas, a juzgar por el éxito de ciertos youtubers o influencers, que cultivan la identificación imaginaria desvelando en una amargura cómica la acumulación de los fracasos o alimentando los sueños de una promoción eficaz.

Marquetin feminista

La conversión al feminismo generada por esta campaña de márquetin que Crispin no duda en llamar “psicótica” aunque sin explicarnos a qué se refiere dicho adjetivo, no trae consigo una sociedad más justa ni un mundo más seguro para las mujeres; cualquiera puede portar la etiqueta sin llevar a cabo “una verdadera adaptación política, personal o relacional.”[9]

Precisamente, no nos parece baladí que sea invocada la verdad al cuestionar el feminismo “superficial.” La alternativa que propone Crispin, la de promover un feminismo verdadero, destinado a “romper con el sistema de valores y con las metas de la cultura dominante, siempre será un acto dramático e inoportuno.”[10]  Sea. Pero la dificultad para obtener tan deseable efecto de verdad se deriva, entre otras razones, de la confusión en los argumentos esgrimidos, como cuando señala que la carencia del feminismo superficial, y por lo que no supone ninguna reforma real, radica en que mide sus éxitos sirviéndose de los indicadores vigentes en el capitalismo patriarcal: dinero y poder. En este punto encallan la mayoría de las feministas actuales, en la confusión del capitalismo y el patriarcado que puede llegar a propuestas desquiciadas como la que se expone actualmente en el Museo Reina Sofía, una mujer, cual miembro de Isis furiosa, ataca con un martillo uno de los símbolos del patriarcado y de la opresión de las mujeres, nada menos que una de las cumbres del arte Occidental, el Moisés de Miguel Angel!!!

El patriarcado es un orden simbólico, derivado del sistema del lenguaje, y promueve una organización colectiva cuya historia se remonta a los orígenes de la humanidad. Uno de los pilares de esta tradición ha llevado a considerar el padre como representante de la ley; así pues, el discurso religioso enseñaba a invocar a Dios en tanto Nombre del padre.

Un orden humano no es culpable en sí de todos los males, más bien sirve para interpretar la falla estructural del sistema simbólico –no todo puede ser nombrado ni legislado- Una de las interpretaciones posibles ha sido convertir dicha falla en culpa y sabemos el provecho que pudo sacar la Iglesia de ello. A través de la historia dicho orden ha sido cuestionado dando lugar a cambios sustanciales en los modos de organización colectiva.

Había que ser Freud, versado en los sufrimientos de los seres humanos en una dimensión que excede el registro de la necesidad y de los bienes, para forjar el asesinato del padre en el origen del sistema patriarcal.

Había que ser Lacan para seguir las huellas del cuestionamiento a dicho orden en la historia de Occidente hasta situar su declive irremisible con el surgimiento del discurso de la ciencia. En ese momento pudo proclamarse que Dios está muerto. El significante que pudo condensar la referencia a un orden en la creación había caído. A partir de entonces fue posible la invención del psicoanálisis, que trajo consigo el descubrimiento de la pulsión como “noción ontológica absolutamente originaria.”[11] Ahora tenemos que vérnoslas con lo real sin ley, con la Cosa, en cuya zona prospera la mathematización del mundo. Los efectos de este giro no pueden soslayarse cuando se pretende analizar el estado actual de la civilización, caracterizada por una férrea alianza de la técnica y el capitalismo.

El feminismo forma parte del movimiento que produjo la transformación del discurso del amo, es indudable. Pero es preciso distinguir correctamente la causa de la eficacia social de su primera época con respecto a la inoperancia efectiva del feminismo actual denunciada por Crispin.

La participación de las mujeres en las luchas libertarias y revolucionarias del siglo XIX y XX no surgía de una rebelión al orden patriarcal sino de su insurgencia ante las injusticia y explotación padecidas desde su condición de trabajadoras, es decir, desde una revuelta en el marco de la lucha de clases. No pretendían acabar con todo el sistema simbólico sino con la apropiación del poder económico por parte de usurpadores, de artífices ilegítimos quienes, en lugar de crear condiciones de vida, sembraban la miseria, el hambre y la desnutrición.

La irrupción de las mujeres en la escena pública que tuvo lugar en la época de entreguerras debería alertarnos contra cualquier interpretación precipitada y tendenciosa. Y enseñarnos a colocar las responsabilidades en su justo sitio. Porque entre esa época y la nuestra la humanidad conoció el fascismo, el nazismo, el franquismo -que entronizaban la familia y los roles de género- y sufrió el exterminio industrial de millones de personas.  La pérdida cultural que el imperio de la destrucción arrastró consigo es inconmensurable. Poco a poco se remiendan algunos engarces, restituyendo los aportes de la teoría crítica y se van desempolvando las obras de arte, entre ellas de muchas artistas[12] que llegaron milagrosamente a salvarse de la quema del arte “degenerado” a manos de los enemigos del género humano, como les llamó Lacan, quien supo orientar su enseñanza hacia la lengua freudiana, excluida en el mismo movimiento de aniquilación y capturada, amordazada por las desviaciones hacia la psicoterapia.

A partir del final de la Segunda Guerra el capitalismo entra en una fase denominada salvaje. Cualquier análisis que pretenda una continuidad de la historia, sin tomar en consideración los efectos deletéreos derivados de lo real de los campos de exterminio y del imperio del fascismo, se convierte en un “relato” más, sin consecuencias.

Orden patriarcal de lugares vs caos capitalista

Crispin opina que “nos han alejado [¿quiénes?] de las tradiciones y ritos, de las conexiones familiares e intergeneracionales, de las comunidades y de nuestro sentimiento de pertenencia.”[13] Precisamente los bienes comunitarios que ofrecía el orden simbólico tradicional, patriarcal!!!! Viéndose obligada a  aclarar que “se nos forzaba a asumir roles, pero también es cierto que todas esas cosas tienen valor y deberíamos conservarlas.”[14]

No parece casual que la autora se vea llevada a clamar entonces por el respeto a los derechos humanos universales, llegando a decir que “somos mujeres, pero tal vez sería más útil que nos considerásemos seres humanos en primer lugar.”[15] Por supuesto! Diremos. Y ello por dos razones: en primer lugar, porque una sensibilidad parece surgir de forma inmediata cuando se describen los efectos perniciosos del sistema capitalista, al comprobar la ausencia de consideración por los derechos humanos en favor de los beneficios, en un ciego cálculo de ganancias y pérdidas. Y, en segundo lugar, porque el ser humano, en tanto ser hablante es hombre o mujer, sin que pueda considerarse el sexo como segundo; desde su nacimiento su cuerpo se distingue con un nombre y un género; si bien actualmente cuestionado, no excluye la necesidad de su referencia incluso si es para mencionar la ausencia de determinación (género o sexo neutro).

¿Qué es lo que nos une?

Porque intuye esa carencia en su razonamiento Crispin formula la pregunta: “Pero si es cierto que avanzamos hacia la paridad (…) ¿tiene sentido que basemos nuestra ideología en la identidad biológica?” Con unas necesidades, deseos, obstáculos tan diversos, ¿qué es lo que nos une?[16] Precisamente y como ha demostrado con ejemplos claros de mujeres que llegan al poder y actúan con la misma ferocidad e inclemencia que los hombres, el feminismo no debería sustentarse en una identidad biológica. Pero ella rechaza también -calificándolo de “mito”- otro orden de la diferencia con los hombres, que generalmente se refiere a la sensibilidad, conjugándola en femenino. No vemos por qué sería “perjudicial” admitir tal diferencia, si tenemos en cuenta la labor histórica de las Madres de Plaza de Mayo y las Abuelas en Argentina,[17]  la acción de las mujeres en la conquista de la paz en Colombia, las asociaciones de mujeres que han organizado bancos y empresas de mujeres en África, las que militan para impedir las mutilaciones genitales o luchan por los derechos de las trabajadoras sexuales en Europa….

Tropieza otra vez Crispin con la limitación de su razonamiento, aferrándose a la identificación del patriarcado con el capitalismo: comprueba que si se lucha por conseguir la inclusión en el sistema la situación no mejora, en tal caso las mujeres mismas son el patriarcado, porque colaboran con la maquinaria de explotación. Y es prioritario tener en cuenta, agrega, “las obligaciones morales” que están por encima de los supuestos derechos o merecimientos conseguidos de esta manera. Entonces propone como alternativa la insubordinación, la destrucción del sistema, abogando por otros valores, negándose a adoptar “las características de los patriarcas que los erigieron” y que resume en poder, amor al poder y exhibición de poder.

Algo oscuro en la reivindicación feminista 

En realidad, lo que Crispin critica es un feminismo capitalista, un producto más de consumo, elaborado con astucia por el poder para perpetuarse y extender el alcance de sus perversas estrategias; por eso no es de extrañar que muchas mujeres ofrezcan un “respaldo colectivo a ciertas políticas (…) que obedece casi por entero al hecho de compartir género con ellas.”[18] El freno a toda crítica cuando de tales acciones se deriven en injusticias, incluso en guerras proviene del uso artero de la sensibilidad femenina hacia la paz, la justicia y la verdad, “cualidades de género innatas” que Crispin engloba como características propias de una “feminidad tóxica.”

Su crítica al aclamado “empoderamiento” de las mujeres basado en la identificación con un grupo a partir de la oposición y el rechazo al otro, en este caso, los hombres, describe el carácter más simple y pasional de la identificación imaginaria,[19] de lamentable efecto en las relaciones individuales pero que también afecta a  vastas comunidades y que Freud describió como “narcisismo de las pequeñas diferencias”. Para ilustrarlo refiere –nada menos!- el ejemplo de Estados Unidos “…para sentirse fuerte e importante, tiene que ver una Europa débil e insignificante.”[20] A juzgar por la conducta de su actual presidente, no podemos menos que darle la razón.

Este mecanismo, sustento de la reivindicación femenina, encubre lo que hay de oscuro en quien proclama su diferencia. Aunque sea producto de un freudismo un poco simplón, encontramos en esa afirmación la necesidad de considerar la impronta de la pulsión de muerte, de algo tan opaco como potencialmente destructivo en el comportamiento humano. Una vez más recurre al caso de Estados Unidos: “es aceptable y productivo considerarlo una gran nación, pero cuando se sacan a relucir las cualidades positivas, topamos también con sus rasgos destructivos.” Aunque y lamentablemente, para explicar la injerencia americana a nivel internacional sembrando la muerte y la miseria, parece referirse a algo ocurrido en tiempos remotos.

Y ello para acabar revelando las astucias propias del poder cuando éste cambia de manos. Según su regla de tres “para oprimirnos [a las mujeres] tuvieron que deshumanizarnos”, lo que justificaría hacer lo propio con ellos. [los hombres]. Baluartes de la venganza, imponiendo castigos, el abuso de la condición de víctimas que entroniza a los hombres como monstruos, se convierte en la coartada, en el escudo, evitando así a las mujeres tener que preguntarse por su cuota de responsabilidad en el malestar que experimentan. Amén del goce que les suministra la venganza, la ira desatada del feminismo justiciero como el que parece imponerse en el mundo editorial, que, por cierto, Crispin conoce tan bien. Concluye este apartado afirmando que el lenguaje del poder, tan común en el feminismo contemporáneo, es revelador, en realidad, de una impotencia, proviene del intento de inclusión en el sistema y de aceptación de sus valores, de “lo que nos han enseñado a desear”; y menciona, como si se tratara de bienes comparables, el dinero, la familia nuclear y la pareja. Frente a lo cual propone un empoderamiento “real” que debería acompañarse de un cuestionamiento de los deseos y definiciones de felicidad de las mujeres. Y ello en la medida en que, según su parecer, la estructura patriarcal es la cárcel que restringe la libertad y limita la capacidad de acción de las féminas.

Como ilustración de las batallas del feminismo actual cita el linchamiento ejecutado a Tim Hunt, químico ganador del Nobel, destituido de su puesto en la universidad debido a un comentario “inapropiado” y juzgado machista. Considerado el caso como resultante de la “cultura de la indignación”, sin que logremos explicarnos por qué motivo se califica de cultura a conductas que vendrían precisamente a dinamitarla.

Ante el contagio de estas actitudes odiosas, iracundas, vengativas, Crispin propone examinar las trampas que nos eximen del autoexamen, impulsando a las mujeres a detectar el auténtico origen de la hostilidad. Esto permitiría socavar su poder (el de las actitudes citadas) por medio de la educación animando al consumo de “cultura producida por otros grupos, practicando la empatía.”[21] Piensa que comprender las debilidades propias puede contribuir a desactivar el núcleo funesto de los estereotipos desencadenantes de la misoginia, el racismo y la homofobia.

La crítica al amor romántico y la desestimación de la importancia que las mujeres le confieren, así como a los cánones de belleza que ellas asumen, supone una ignorancia decidida respecto al valor subjetivo que tiene para las mujeres el hecho de ser amadas, y la importancia que cobra la imagen como solución al modo en que la mujer experimenta la castración. Frente a lo cual su propuesta a las mujeres consiste en elaborar alternativas “para dotar sus vidas de significado y valor”, pudiendo así independizarse de la mirada masculina, entendiendo que ésta tiene un valor sólo negativo y enajenante, dejando de lado su función libidinal.

Tal es su esperanza, la liberación del deseo del Otro; cortar los hilos que tejen la relación entre los sexos parece ser la única emancipación posible. Pero, nos preguntamos, ¿por qué sería incompatible la realización personal en su dimensión profesional con el hecho de ofrecerse como causa del deseo de un hombre? Es justo la pregunta que formula Freud en su texto La feminidad, por qué la mujer atribuye una significación de minusvalía a la marca corporal que distingue su ser sexuado. Aunque en la página siguiente a su proclama libertaria Crispin debe reconocer que, en cuanto al amor y al matrimonio, la respuesta feminista ha fracasado. Y, seguidamente, admitir con honestidad que, en este asunto, ella misma tiene más preguntas que respuestas. Dejando entrever un reconocimiento de la responsabilidad de las mujeres respecto a los hombres que gira en torno al intento de dominación: “Por alguna razón creemos saber mejor que ellos qué es lo que necesitan (…), así que convenciéndolos les estamos haciendo un regalo. (…) queremos que piensen como nosotras, que acepten que tenemos razón (…) intentamos dirigirlos.”[22]

El libro finaliza con una expresión de deseos bastante naif: reclama el activismo, la toma de consciencia del poder de las mujeres, animando a realizar el esfuerzo de imaginación necesario para concebir “una visión del mundo radicalmente nueva”, que redundaría en una fraternidad entre ambos sexos una vez superado el enfrentamiento, reconocida su común responsabilidad, y unidos en la labor cívica por honestos sentimientos de humanidad.  Una pastoral reñida con el planteamiento inteligente que puso en marcha su Manifiesto; el precio de debilidad que se paga al negar el carácter ontológico de la pulsióny que reclama una ética a la altura de sus incidencias en la existencia de las mujeres en tanto seres hablantes y en tanto seres libidinales.

[1] Texto incluido en el libro de V.Coccoz Psicoanálisis. Feminismos y féminas de próxima aparición
[2] Jean-Claude Milner, L’universel en éclats.  Verdier. París. 2014
[3] Jessa Cripin, Por qué no soy feminista. Un manifiesto feminista. Los libros del lince. Barcelona. 2016, p. 10
[4] ibíd, p. 13
[5] ibíd., p.21
[6] Ibíd, p.26
[7] Vilma Coccoz, Jessa Crispin, su escritura y los laberintos del feminismo. De próxima aparición.
[8] Cita como ejemplo el libro Feminismo Sexy.
[9] Ibíd., p. 28
[10] p. 29
[11] J. Lacan, Seminario VII La ética del psicoanálisis. Paidós. Buenos Aires 1992. P. 156/7
[12] En el museo Belvedere de Viena dedicará un espacio a la exposición que recupera parte de la obra de estas artistas inmensas: lse Bernheimer, Maria Cyrenius, Friedl Dicker, Marie Egner, Louise Fraenkel-Hahn, Helene Funke, Greta Freist y otras muchas.
[13] p. 38
[14] ibíd.
[15] 57
[16] 57
[17] De ellas y su particular imagen, la cabeza envuelta en los pañuelos bordados con el nombre de sus hijos e hijas, afirma Didi Huberman: “ellas tienen la potencia, no el poder.”
[18] 64
[19] La identificación imaginaria engendra la pasión y despierta la opresión. J. Lacan, La agresividad en psicoanálisis
[20] Jessa Crispin, op. cit. 66
[21] p. 87
[22] p. 105