Textos introductorios de la conversación: Silvia Morrone, Jean Daniel Matet, Susana Brignoni, Miguel Angel Vazquez.

Silvia Morrone. “Un buen uso de la transferencia.”

Hay una gran preocupación en Europa por la llegada del “extranjero”. Frente a este fenómeno, ¿qué pueden decir el psicoanálisis y sus instituciones?

Encuentro a G, un joven de Costa de Marfil, en la Sección Precariedad del CePsi (1). El encuentro está precedido por algunas palabras que le conciernen y que emergen durante la reunión clínica: el colega que ha fijado el coloquio telefónicamente se ha dado cuenta de que, meses antes, G ya había hecho un coloquio con otra socia del CePsi, pero, al preguntarle si quería encontrar a la misma persona, G dice que no. La Directora Clínica me invita entonces a verificar si, a nivel de la transferencia, sería oportuno que el joven continuara conmigo o si convendría invitarlo a retomar con la colega.

Cuando lo encuentro, G me dice que había venido al CePsi algunos meses atrás, a partir de la indicación de un operador del Centro donde reside desde que, tras vicisitudes muy dramáticas, ha logrado desembarcar en Italia. En aquel tiempo no lograba dormir, pensaba continuamente en sus amigos más queridos, a los cuales, durante el largo viaje por mar, había visto morir. “¿Porqué, en cambio, yo estoy aun vivo?”, se preguntaba incesantemente. Aquel coloquio en el CePsi le había hecho bien.

Recientemente había recibido una llamada telefónica de un amigo que creía muerto en la prisión de Libia, donde él nunca llegó porque había logrado escapar. La angustia se renueva y con ella el insomnio.

Reconstruye esta historia: a él y a su amigo los hacen subir en un ómnibus que los llevará a la prisión. G se sienta en el fondo. El conductor y una guardia armada están adelante. La guardia comienza a mirarlo con insistencia y le dice: “tú me pareces uno que puede crear problemas… ven a sentarte adelante”. Luego de algunos kilómetros, el ómnibus se detiene porque el conductor tiene que ir al baño. Cuando este baja, la puerta, posicionada cerca del lugar en el que G está sentado, queda un poco abierta. Casi sin darse cuenta, G se hallará corriendo afuera del ómnibus. La guardia empieza a disparar, pero no puede alejarse demasiado porque otros prisioneros podrían escapar.

“¿Porqué me hizo sentar adelante? Si me hubiera quedado atrás, ahora estaría en prisión como mi amigo…”. Le digo que a veces, en la vida, pasan cosas que no sabemos explicar pero que, si él está vivo, más que preguntarse por qué, puede asumirse la responsabilidad de ir hacia adelante.

G sonríe, agradece y dice que por ahora no es necesario otro coloquio.

Considero que ha hecho un buen uso de la transferencia hacia el CePsi, en cuanto lugar que puede, con y más allá de quien acoge, darle un lugar al imposible de cada demanda, única condición que puede abrir a la dignidad de la responsabilidad subjetiva y permitir un reanudamiento con la vida misma y un contraste a la segregación.

(1) El CePsi, Centro Psicoanalítico, nace en el año 2000 y representa una especie de “sala de emergencias psíquica que da a la calle”, a donde pueden acceder quienes no llegarían nunca al consultorio de un analista. La Sección Precariedad permite acoger sujetos por un máximo de tres meses, sin un pago en dinero.

Jean-Daniel Matet: “Hacer existir la transferencia, a pesar del ‘Fuera de discurso’”.

Instituciones diversas

Es un hecho: las instituciones se distinguen por el síntoma que dicen acoger y por el personal que emplean para tratarlo. Antes eran menos específicas, para la psiquiatría por ejemplo, en donde se encontraban personas con síntomas extremadamente diferentes -autismo, demencia, psicosis esquizofrénica o interpretativa, problemas de adicción. Ahora son cada vez más mono-sintomáticas, como por ejemplo las estructuras para anorexicas-bulimicas, autistas, etc. Con excepción de algunas pocas instituciones que ellos mismos crean, los psicoanalistas que trabajan en las instituciones lo hacen a título de diversas funciones -enseñante, educador, psicólogo, médico- por las cuales son remunerados. La instalación de la transferencia no depende sino del hecho de posibilitar la palabra, por parte de algunos practicantes orientados por el psicoanálisis y de las condiciones en las que las personas son acogidas.

¿Qué transferencia?

No hablamos del psicoanálisis como una cura llevada a su término, sino de una práctica que no niega la posibilidad a la transferencia. A menudo, las instituciones, por definición, acogen personas que no han consultado o no han podido consultar espontáneamente un psicoanalista. La fórmula lacaniana de la transferencia, que pone en relación al sujeto con otro sujeto supuesto saber, describe específicamente la instalación de la transferencia del neurótico en la experiencia analítica. Supone un psicoanalista cuyo cargo es la consecuencia de su propia cura. Su formación, además, lo hizo confrontarse al saber expuesto del psicoanálisis difundido por la escuela que lo garantiza. Pero la suposición de saber se refiere sólo a la apuesta de que él ha esclarecido, aclarado, ilustrado suficientemente su relación al fantasma y al inconsciente.

Los efectos de transferencia "salvaje" aparecen tan pronto como se habla, atribuyéndole al interlocutor tal o cual cualidad o intentando seducirlo por la palabra. Es por otro lado, un uso extendido de la noción de transferencia que puede causar daños en las instituciones que no tienen una orientación firme. Como consecuencia, la violencia, es una de las respuestas posibles. Particularmente en las instituciones que reciben sujetos psicóticos, que son la mayoría, porque constituyen un aparato simbólico social ahí donde este falla a título individual. Desde este punto de vista, son herramientas preciosas para tratar el aislamiento como consecuencia de una soledad intratable.

La transferencia en las psicosis

Hoy en día los sujetos psicóticos se dirigen a los psicoanalistas enriqueciéndose de una experiencia que se limitaba hace algunas décadas a un diagnóstico de exclusión para protegerlos de los nocivos efectos de una palabra liberada o del desencadenamiento imaginario al que conduce una dirección “clásica” de la cura. Los sujetos psicóticos se dirigen a los psicoanalistas en tanto representan un lugar en donde la palabra es posible y una posible dirección de sus construcciones, aunque sean completamente delirantes, mientras que la alternativa psiquiátrica sólo opone un modelo farmaco-bio-social o comportamental. Pero ningún otro saber que el saber-hacer es atribuido al analista pues si la intención está estructuralmente del lado del Otro – aunque no existe- el saber queda del lado del sujeto.

Este enfoque de la transferencia es renovado en la enseñanza de Lacan a partir de Joyce y las consecuencias que de ello ha permitido extraer J-A Miller. La universalización de una clínica a partir del síntoma y de su tratamiento hasta el sinthome abre la vía a un partenariat con aquel que constituye otra forma de transferencia. No obstante, esta última concepción cuyas posteriores repercusiones deducía Eric Laurent en su intervención en el congreso del AMP en Barcelona -“Disrupción del goce en las psicosis bajo transferencia”- no debe descuidar lo que aprendimos con Freud y Lacan a lo largo de sus enseñanzas. La transferencia, en tanto se orienta por el síntoma y la manera por la que el analista puede hacerse partenaire, no excluye los riesgos de una erotomanía mortificante, ya que es indisociable de la estructura misma del intercambio con el sujeto psicótico, y que debe ser tenida en cuenta en la conducción de un tratamiento orientado por el psicoanálisis. Dichas consideraciones sobre la transferencia deben esclarecer la práctica institucional establecida por los mismos psicoanalistas, asociaciones ya sean de iniciativa individual o de las Escuelas como los CPCT, por ejemplo.

De las primeras consideraciones sobre las instituciones, podemos deducir que la posibilidad de transferencia encuentra su límite en la definición misma de estas instituciones y de su gestión. Se debe garantizar una cierta autonomía a los que sostienen curas para que la puedan posibilitar y sostener. Incómodo lugar para el amo moderno, que con su exigencia de transparencia de gestión y sus diversos tics protocolares, intenta universalizar preguntas y respuestas y hacer caer en la trampa de la globalización toda singularidad.

La vía de la invención

La vía de resistencia es la de la invención y es por eso que Joyce, en tanto a la escritura de la lengua inglesa, se convirtió en una brújula en la manera de obtener resultados comparables a los que obtiene un analizante en su invención. Hace poco, una intervención en la Sección clínica de Paris-IDF nos mostraba como un practicante recibía a una joven madre que venía a testimoniar lo insoportable encontrado en su niño de 3 años que no decía nada, que rechazaba la comida, etc. La comida está marcada por un deseo de muerte, “no le importa nada, decía ella, es la guerra entre nosotros, es un rebelde”. En vez de precipitarse sobre el niño, ofrecido como sacrificio, el practicante recibe a la madre junto al niño y le pide que hable con él. No se trata de un a-priori familiar, sino la única solución que le pareció posible, y la invención de este psicoanalista al haber procedido de esta forma permitió apaciguar la guerra que había comenzado desde hace tiempo para esta mujer, quien había vivido situaciones conflictivas y casi perdido la vida en tres oportunidades a causa de los “rebeldes”. He testimoniado en varias ocasiones de los efectos de la transferencia en sujetos socialmente aislados, presos de sus delirios -"El amor en la psicosis" – El ‘Otro malvado’;.

Lo que aparece en las instituciones creadas por psicoanalistas, es que la transferencia no se compara a la que se pone en juego en el consultorio del analista. La transferencia se dirige al significante de la institución, “CPCT” por ejemplo. Esto permite a algunos de quienes se dirigen al CPCT el continuar un análisis más allá de las 16 sesiones que les fueron propuestas, con el mismo analista en su consultorio o con otro, cuando se ha podido establecer una suposición de saber.

Partenaire-síntoma y efectos psicoanalíticos

Hacerse partenaire-síntoma de una queja o de una demanda que el practicante se ocupa de circunscribir, supone inventar el lugar que lo permita, es una invención que pone en juego su palabra y su cuerpo. A este precio, en un dispositivo que da lugar al despliegue del discurso psicoanalítico, es posible esperar efectos de transferencia, apaciguamiento, tratamiento de fenómenos del cuerpo, encuentro de una orientación en la línea de una vida destrozada. Son auténticos efectos psicoanalíticos, la experiencia analítica misma sostiene su pertinencia y garantía solo al ser llevada a su término en el consultorio de un psicoanalista.

Susana Brignoni: “Soportar un real.”

Trabajo en un Servicio de Salud Mental atendiendo a chicos tutelados por la administración por haber sufrido maltratos. Forman parte de una población: los “menores maltratados”. Llegana los centros en los que vivirán bajo un Significante amo que los convierte en niños bajo sospecha: “si han sido maltratados serán maltratadores”. Esto anticipa la forma en que los educadores los acogerán. Como señala Miller la sospecha es una de las formas de la transferencia negativa. Implica “no sacarle al sujeto el ojo de encima”. Significa vigilarlo. La sospecha aparece cuando uno no está seguro de algo, algo que no se sabe pero se anticipa como malo. Incluye un saber anticipado.

Los niños quedan así incluidos en un grupo que produce su aislamiento ya que homogeniza la causa sobre lo que manifiestan, sea lo que sea.

La administración nos hace un encargo que “desafiamos” mediante una interpretación: ante el pedido de regulación de las conductas ofrecemos, en cambio, hacer una experiencia de saber: queremos demostrar que los “trastornos de conducta” pueden ser palabras no dichas. Para ello planteamos un agujero central de “no saber”, uno de nuestros principales operadores al que con cierta dificultad los educadores se pueden acoger. Para que esto sea posible es importante no identificar a los educadores con la administración dado que nos acercamos a ellos por una “imposición”. ¿Cómo hacerse un lugar?

Creamos un dispositivo: “El Soporte Técnico”, en el que un psicoanalista trabaja con los educadores con una frecuencia regular. Escuchamos a un equipo pero nos dirigimos de manera singular a cada uno de aquellos que toman la palabra. Hay en sus dichos muchas certezas sobre los “menores”. La transferencia con el psicoanálisis no está de entrada. ¿Cuáles son los signos que nos permiten captar que se ha instituido el Sujeto Supuesto Saber?: Cuando al llegar tenemos preparado un lugar: nos esperan. La espera, como función, introduce la dimensión de que algo falta.

Un silencio repentino luego de reuniones donde todos hablan a la vez. Es un momento en que el sentido empieza a desfallecer: puede aparecer una pregunta que no contenga la respuesta. El efecto es de enigma y de sorpresa.

El decir de alguien que quiebra la unidad de la queja respecto a un chico e introduce un “detalle”, que trae como un detalle “sin importancia” y sin embargo cambia al caso, en la medida en que se empieza a intuir que el caso es en realidad la lectura del caso. El detalle des- homogeniza.

Entonces tenemos operadores: el “no saber”, la falta, el enigma, la sorpresa, el detalle. A partir de ahí hay que maniobrar para evitar que el discurso analítico se convierta en un nuevo discurso Amo.

Un ejemplo. En una reunión de “Servicio Técnico” me explican los educadores que en su centro el móvil se tiene que entregar a las 22 horas, momento de ir a dormir. Una noche encuentran aP, un adolescente que se aísla, chateando en la cama. Le piden reiteradamente el móvil, en nombre de la norma, hasta que finalmente hay un forcejeo. No es ese forcejeo el que desencadena la violencia. P reclama que le dejen la tarjeta durante la noche. Los educadores se niegan y eso produce un estallido en el chico.

Hablan de la adicción al móvil. Les pregunto cómo interpretan el pedido de la tarjeta. Reconocen que no se habían interrogado acerca de ello. Aparece el “no hay“ la respuesta. Ese vacío en el saber sólo lo podría completar el mismo P. Pero también vemos que haberlo privado de la tarjeta introduce un sinsentido en su acción que hace resonar el sinsentido de la demanda de P. y que tal vez es eso lo que produce la respuesta violenta.

El psicoanalista interviene no tanto para construir un sentido, aunque algunos se construyen, sino para ayudar a los educadores a soportar un real, al que no hay que entender sino que hay que soportar a raíz de que no se entiende. Tratamos, entonces, de dar prioridad cada vez a la contingencia sobre la coherencia.

Miguel Ángel Vázquez: “La institución de la transferencia”.

Se podría decir que la Escuela misma es una institución de la transferencia, en la medida en que el lazo transferencial es la base y el fundamento de nuestra clínica. La transferencia de trabajo es también fundamental para la formación, el progreso teórico y el lazo mismo entre sus socios y miembros.

Uno de los fines de la Fundación es el desarrollo y la inserción del psicoanálisis aplicado y de forma particular, aunque no única, del psicoanálisis en las Instituciones.

J-A Miller, en su intervención Hacia Pipol 4 en 2007 plantea quela acción analítica no se sostiene en el encuadre, el setting, sino en el discurso. Dice: “…Son los conceptos lacanianos del acto analítico, del discurso analítico y de la conclusión del análisis como pase a analista los que nos han permitido concebir al psicoanalista como un objeto nómada y al psicoanálisis como una instalación móvil susceptible de desplazarse a nuevos contextos, particularmente instituciones”.

El tema de esta mesa La institución de la transferencia lo leo también como una cuestión: cómo se puede instituir la transferencia en entornos institucionales públicos o privados no organizados por el psicoanálisis.

El propio psicoanalista es el que crea las coordenadas que permiten que se produzcan efectos analíticos. Su lugar en las instituciones se caracteriza como un lugar de respuesta y debe tomar en cuenta las coordenadas de la época, el tipo de institución en el que se encuentra, su funcionamiento (el modelo de gestión, las relaciones entre los miembros del equipo,…) y el puesto que ocupa en la misma.

Trabajo en el Servicio de Psiquiatría de un hospital. Desde ahí me planteo:

Primero, su vertiente ética: No ceder en la posición con la clínica, el psicoanálisis no es una psicoterapia. En esta vertiente situaría la soledad vinculada al acto.

Segundo, su vertiente estratégica: La eficiencia de la clínica del sujeto no es suficiente, cuando trabajamos en el marco de una institución o un dispositivo organizado por otro discurso, es necesario hacer lazo con la institución; hacer un trabajo específico en este entorno para que nuestra clínica pueda ser alojada.

En mi Servicio de Psiquiatría, fue necesario salir del prejuicio y de una lógica binaria (afuera/adentro; psicoanálisis/cognitivismo; resistencia/conquista). Un estatuto de extraterritorialidad para mi clínica era correlativo al aislamiento.

¿Cómo pude hacer lazo? Me ocupaba de algo marginal en el Servicio, el autismo y la primera infancia, y lo llevaba al espacio central, las sesiones de la mañana, donde podía ser escuchada nuestra clínica, su eficiencia y su fundamento que procuré pudiera ser entendido. Ese movimiento de lo marginal en lo central cumplió la función de hacerme entrar. Se podría decir que no estoy ni fuera ni dentro, soy más bien éxtimo, externo pero implicado en lo central, es un movimiento que ha producido un lazo. Soy uno más y el discurso analítico tiene su lugar. Evoco dos imágenes: Una de Chus Gómez cuando dice que la actividad clínica realizada ha producido en el personal del hospital psiquiátrico, cierta transferencia que ha calado como fina lluvia.

Yo he elegido otra imagen que apunta más al efecto de extensión producido, es el de la gota de aceite vertida sobre una superficie de agua que se expande y no se sabe hasta dónde puede llegar, pero no se mezcla ni se disuelve la una en la otra.