Tal y como indica Lacan, el psicoanálisis se diferencia de la psicoterapia por su orientación hacia lo real, un real que incumbe al síntoma y al analista.

Al afirmar que “hay un real en juego en la formación misma del psicoanalista que provoca su propio desconocimiento, incluso su negación sistemática”, Lacan señala la razón última de toda deriva hacia la psicoterapia, ya se trate de un análisis clásico o de la práctica en un dispositivo de psicoanálisis aplicado. Sin la producción del real propio, el analista no puede ubicarse respecto del lugar que ocupa en la transferencia, ni respecto de la lógica del síntoma. Miller, en el El lugar y el lazo, señala que ahí radica el riesgo del rechazo de la carga del discurso analítico y su reducción a su dimensión clínico terapéutica.

Por otro lado, en ese seminario Miller afirma “Sin duda –el psicoanálisis aplicado- puede tener que imponerse un límite, respetar un límite en su operación, pero eso no le quita la cualidad de psicoanálisis […] simplemente hay que hacer un esfuerzo especial para mantenerse en la posición analítica y no deslizarse hacia la posición terapéutica”.

Habría que hacer una diferencia importante aquí, pues es obvio que los límites que se impone a sí mismo el discurso analítico respecto del tiempo, o del pago, por citar dos de los límites más significativos, no son los mismos que los que imponen los discursos que buscan decididamente psicoterapeutizar. Cuando un analista trabaja en un dispositivo psicoterapéutico, del tipo centro de salud mental, se topa con los límites que le impone el discurso del amo contemporáneo, cuyo empuje terapéutico busca la normalización. En estas instituciones, el esfuerzo especial al que hace referencia Miller para evitar la deriva hacia la psicoterapia se multiplica. El analista debe sostener su orientación respecto a la lógica del síntoma en sus nuevas conformaciones, lo que muchas veces entra en un conflicto directo con las coordenadas psicoterapéuticas de la institución, especialmente en los dispositivos monosintomáticos.

Cuando Miller afirma que “simplemente hay que hacer un esfuerzo especial para mantenerse en la posición analítica”, resalta la dimensión infinita de la formación analítica, redoblada si se quiere en el ámbito del psicoanálisis aplicado, pues es la formación la que permite al analista ocupar su posición analítica cuando introducimos limitaciones en los espacios alpha en el tiempo o el pago, limitaciones que implican una orientación distinta respecto al tratamiento del síntoma, tal y como pudimos abordar en la conversación sobre “Efectos terapéuticos rápidos”.

Este esfuerzo especial es un esfuerzo que implica el control, la elaboración y la transmisión y requiere de una Escuela dispuesta a hacerse partenaire de esa experiencia, para contribuir al horizonte señalado por Miller hace unos años: “hay que avanzar en el campo social, en el campo institucional, y prepararnos a la mutación de la forma psicoanálisis. Su verdad eterna, su real transhistórico, no serán modificados por esta mutación. Al contrario, serán salvados si cernimos la lógica de los tiempos modernos”.

Al final del análisis, el analizante puede desear poner los efectos de la cura en disposición de comprobación y este deseo puede tomar dos vías mayores. La primera concierne al deseo de transmitir lo más singular de lo que se ha efectuado y que le ha producido como analista: el pase. La segunda vía es la de la práctica, vía el control.

El control, es control de la relación entre el lugar y el lazo. Tiene su forma canónica, pero se declina además en la conversación clínica entre los componentes de los equipos, en la presentación de casos en las jornadas y espacios de la Escuela, en la organización de espacios específicos para la investigación y elaboración de la experiencia en los dispositivos alpha. Es junto con el pase, una vía para la formalización de lo real que surge en la experiencia.

La formación del analista es infinita pues no llega jamás a agotar ese real que reenvía a cada uno a su punto incurable y al uso que hace de él. Mantenerse en relación con el inconsciente, continuar leyéndolo, muscular el deseo permanentemente, supone una transferencia más allá del analista y una elección, la de una Escuela para situar el trabajo y tomar con otros la causa del inconsciente a su cargo. Lacan buscaba obtener efectos de formación, diferenciando la formación del analista del saber o de la experiencia. Un efecto es un efecto del sujeto, que más allá de los efectos de verdad producidos en la cura -que no son suficientes para producir un analista- concierne al deseo del analista. Sin el control lacaniano, sostenido por un deseo y orientado hacia lo real, no hay sorpresa, no sabríamos ser sino psicoterapeutas o buenos clínicos apoyados sobre la experiencia, lo que no sólo es aburrido, sino antilacaniano.

Lo que está en juego en la política que queramos desarrollar respecto del psicoanálisis aplicado no sólo implica la formación del analista, sino además la formación de la Escuela y la renovación del psicoanálisis. A la afirmación de Miquel Basols: “formalizar lo real como aquello que no tiene forma puede ser entonces una buena manera de anudar la experiencia del pase y la producción del analista de la Escuela”, podemos añadir que la Escuela está como consecuencia en formación, y que ésta depende de nuestro deseo. Y que para ello deben contribuir la investigación y formalización sobre las nuevas formas del síntoma y sobre la necesaria mutación del psicoanálisis, que tiene un lugar privilegiado en los dispositivos alpha. JAM en su intervención en el cierre de las jornadas PIPOL 3 afirmaba: “cuando se habla de psicoanálisis puro y de psicoanálisis aplicado, se entiende que los resultados del primero son invertidos en el segundo. Es exacto, y de entrada es el caso del propio practicante, en tanto es el resultado de su propio análisis, un análisis que no es ni breve, ni programado, ni gratuito. Pero no descuidemos que hay un efecto de retorno. El psicoanálisis aplicado, el que practicamos, tiene una incidencia, que irá creciendo, sobre el psicoanálisis puro. Se nota ya en la clínica de la psicosis ordinaria […] El psicoanálisis aplicado también tendrá consecuencias sobre la teoría de la cura. La programación de los tratamientos breves hace que el practicante esté más atento a la experiencia de cada sesión tomada de una en una, mientras que el Durcharbeitung de la experiencia pura — la transelaboración, como se le suele traducir–, el tiempo para comprender prolongado que impone el análisis puro tiene como efecto natural desgastar ese detalle o bien hacerlo imperceptible para el practicante. Lo que merece ser llamado a veces como micro-curas, llevadas a cabo en los Lugares Alfa, tendrá como efecto aguzar la vigilancia de los analistas en la dirección de la cura analítica propiamente dicha.”

Necesitamos para ello una Escuela deseante y dispuesta a constituirse en el partenaire de los dispositivos alpha para la formalización de ese real siempre problemático que atañe al síntoma y al analista.