¿Se puede desear cuando todo está permitido?

¿Se puede desear cuando este derecho de cada uno no sólo se reconoce sino que se exige sea satisfecho? Y ante la invitación del “todo es posible”, ¿cómo saber verdaderamente lo que se desea, sin que lo posible se convierta en obligación?

El fenómeno Incel (Involuntario Celibato), donde lo que se considera el derecho de los hombres heterosexuales a tener relaciones con las mujeres se convierte en una obligación para ellas, muestra, en una siniestra caricatura, hasta dónde puede llegar la confusión contemporánea entre el derecho a desear y la imposición del deseo. Imposición que puede volverse contra el propio sujeto, si no distingue un deseo propio de lo que el discurso común invita a reivindicar, o confunde las condiciones de partida de un cuerpo con aquello que cada uno debe inventar a partir de ellas.

Freud separó con claridad el deseo de toda determinación biológica o referencia al instinto, regido por la lógica de la necesidad, solidario de un saber preestablecido sobre lo que conviene, y compartido universalmente por todos los individuos de la misma especie.