Andrés Borderías

Desde sus primeros pasos el psicoanálisis atravesó los límites de la consulta. Sigmund Freud acudía periódicamente a atender en un centro infantil, y muchos de sus alumnos en formación trabajaban en las instituciones de salud mental de la época. La clínica psicoanalítica salía de este modo al encuentro del malestar en los hospitales y las clínicas psiquiátricas.

Entre ellas, una tuvo un papel especialmente relevante, la clínica Burghölzli en Suiza, dirigida por Eugene Bleuler en la que colaboraba Carl Jung, en lo que fue un lugar privilegiado para la investigación de la clínica de las psicosis a la luz del nuevo discurso psicoanalítico, pero también para la formación de jóvenes colegas, con un valor político añadido importante para Freud en aquél momento: se trataba de un centro ubicado en Suiza, dirigido por prestigiosos médicos no judíos, lo que permitía pensar que el psicoanálisis podía ir más allá de los límites del círculo Vienés. Freud pensaba que la pervivencia y la extensión de su descubrimiento podría quedar garantizada con el apoyo de estos nuevos aliados ante el clima de hostilidad despertado por el carácter subversivo del nuevo discurso psicoanalítico y el antisemitismo creciente.

En esa apuesta se anudaron pues factores clínicos, políticos y de investigación, así como de formación y transmisión del psicoanálisis. Esta ha sido una articulación constante desde entonces en la historia de las instituciones psicoanalíticas, el tratamiento del malestar, la investigación, la formación, la extensión.

Hay que decir que las investigaciones del equipo Bleuler-Jung-Freud de aquellos años fueron muy importantes para la clínica de las psicosis.

Algunos años después, con el inicio de la primera guerra mundial pasó algo nuevo: por primera vez el psicoanálisis fue demandado por el estado. El Imperio Austro-Húngaro requirió los servicios del psicoanálisis para el tratamiento en los frentes de guerra de los traumatizados, con el fin de tratar y también de reincorporar lo más rápidamente posible a los soldados. Podríamos decir que fue el primer intento por parte del discurso del amo de reducir el discurso analítico a una terapéutica al servicio de la normalización. Freud supo reconocer el peligro en esa oferta, que declinó.
Pero no podemos dejar de señalar que la irrupción del traumatismo, de lo real traumático, de lo real sin ley es una invitación a la invención. Es un momento tanto para un sujeto como para una sociedad, en el que su fantasma, o los discursos se ven convocados a responder de un modo nuevo ante la irrupción de lo insoportable.

Pudimos comprobarlo con la ocasión de los atentados del 11 M en Madrid. En ese momento, la iniciativa de un grupo de colegas en Madrid, con el apoyo de la ELP nos condujo a la puesta en marcha de un dispositivo improvisado de atención a los afectados por los atentados de Atocha. Una mesa y dos sillas en la biblioteca de nuestra sede bastaron para poner en marcha un dispositivo de tratamiento que un poco más tarde multiplicamos con el desplazamiento a los locales de las asociaciones de vecinos del Pozo y de Vallecas, donde estuvimos atendiendo de forma gratuita y limitada en el tiempo. Este invento, surgido del deseo de los analistas ante el traumatismo, en el mismo momento en el que el estado desplegó sus protocolos normalizadores, fue una formidable operación transferencial, nos llevó a un trabajo de elaboración colectiva de la experiencia en forma de reuniones clínicas, al contacto con numerosas entidades ciudadanas, y concluyó con la redacción de varios textos importantes relativos al tratamiento del traumatismo desde la perspectiva del psicoanálisis, así como a una memoria del recorrido realizado. El efecto de esa experiencia fue muy relevante para la comunidad analítica en Madrid, y fue el soporte de un invento posterior el CPCT que la ELP abrió el año 2006 en la ciudad, y que tras su cierre nos ha permitido la puesta en marcha de otros dispositivos psicoanalíticos en la ciudad, gracias a la transferencia generada. El traumatismo es también un motor para el deseo, que ante lo real sin ley que hace efracción, desbaratando su fantasma, empuja al sujeto en el intento de reconstruir su relación con el cuerpo, el sentido y el goce.

Regresemos al momento fundacional freudiano. Poco tiempo después de terminar la primera guerra Freud impulsó la puesta en marcha del primer policlínico psicoanalítico en Berlín, en 1920, bajo la dirección de Karl Abraham y Max Eitingon. Este fue el primero de una serie de 10 centros similares abiertos posteriormente en Viena, Moscú, Frankfurt, Zagreb, Trieste, Berna, Nueva York…Estos centros de atención gratuita quedaron articulados a los Institutos de formación psicoanalítica y cristalizaron el anhelo freudiano de contribuir a la investigación, la formación, la extensión del psicoanálisis y por supuesto, el tratamiento del enorme sufrimiento generado en esa crisis de civilización, especialmente entre las clases desfavorecidas.
Este sufrimiento no se podía reducir a los efectos traumáticos de la guerra, esta es una cuestión especialmente interesante. Freud había captado mucho antes de la guerra los signos de una crisis de civilización y sus consecuencias subjetivas. Así, en un texto del año 1910, titulado “El porvenir de la terapia psicoanalítica” Freud afirmaba: “Sabéis muy bien que la inmensa mayoría de los hombres es incapaz de vivir sin una autoridad en la que apoyarse, ni siquiera de formar un juicio independiente. El extraordinario incremento de las neurosis desde que las religiones han perdido su fuerza puede darnos una medida de la inestabilidad interior de los hombres y de su necesidad de un apoyo. El empobrecimiento del yo a consecuencia del enorme esfuerzo de represión que la civilización exige a cada individuo puede ser una de las causas principales de este estado”.

Lo que Freud reconocía en ese texto eran las consecuencias visibles yaen ese momento de la evaporación del padre, tal y como Freud señaló en el caso de la fobia de Juanito. Esta evaporación del padre como un efecto del discurso de la ciencia sobre el orden simbólico, como Lacan supo hacernos reconocer, fue un proceso que se había iniciado ya en el siglo XVI, y que desembocó en la gran crisis de la civilización en los comienzos del siglo XX.

Es muy interesante la fórmula que utiliza Freud en esta cita porque da cuenta de una lógica en la extensión de las neurosis que comenzaba a cambiar: cuando Freud afirma que el hombre de ese tiempo “debe hacer un enorme esfuerzo de represión exigido por la civilización” está señalando el intento por limitar el empuje al goce pulsional que la cultura de su época aún exigía. La fobia, el síntoma de conversión y la neurosis obsesiva, son los paradigmas del malestar neurótico de ese tiempo.

Todo ese movimiento de desarrollo de las policlínicas psicoanalíticas fue barrida en los años treinta. Paradójicamente, el oro puro del psicoanálisis no desapareció solo a causa de los autoritarismos, sino que lo hizo de manera mucho más sutil, a manos del utilitarismo terapéutico americano.

El malestar contemporáneo y la ideología de la evaluación.

Si dirigimos ahora la mirada al malestar contemporáneo, vemos que el escenario discursivo ha cambiado y con él las formas del malestar. El proceso captado por Freud a principios del siglo XX se ha acelerado, con el triunfo del discurso capitalista, tal y como Lacan señaló. Las exigencias de la civilización ya no son las de la moral Victoriana, las exigencias de la civilización son las que encontramos en el anuncio de la marca Nike cuando exige al espectador: “Just do it”, “hazlo!”.

El discurso capitalista ha vencido al viejo discurso del amo. El discurso capitalista no se caracteriza por los efectos de la represión, por inducir un menos en el régimen de goce, al contrario, muestra la otra cara del superyó y exige más, más producción, más consumo, más goce, con el efecto de la extensión constante de la insatisfacción, que relanza el consumo y alimenta el mercado. Por otro lado, el desvanecimiento del Ideal, evaporado junto con el padre, abre la puerta a la ideología de la evaluación cientificista, a la cifra, como sustitución del criterio.

Las patologías y el malestar de la época toman en este contexto este signo del “más”, no el de la “menos” vinculado a la renuncia, a la pérdida o a la prohibición del goce.  Se presenta como una extensión sin precedentes de las adicciones. La lengua misma ha pasado a nombrar como adicción lo que antes podía nombrarse como anhelo, querencia, manía, costumbre o hábito. Vivimos en el tiempo de la adicción generalizada.

En el campo del malestar, el comportamiento se ha transformado él mismo en una patología generalizada,  como manifestación del exceso. Los límites entre lo patológico y lo normal se han vuelto difusos:Anorexia, bulimia, compulsiones de todo tipo… al trabajo, a la bebida, al sexo, al tabaco, al juego, al uso de los móviles, a la pornografía, a las toxicomanías, pero también al amor, incluso a la lectura, como el mismo Goytisolo declaró en la toma de posesión de su premio Cervantes hace algunos años… El exceso, la significación misma del deseo y la satisfacción como un exceso, una adicción, ha tomado el relevo de los síntomas efecto de la represión.
Si tomamos las cosas no del lado del goce, sino del sujeto, vemos que el declive del Ideal ante el empuje del objeto tiene como consecuencia la emergencia de un sujeto esencialmente dividido, desorientado, aislado y colmado con sus objetos de satisfacción, en especial los que involucran a la voz y a la mirada, con dificultades para definirse respecto de su identidad sexual, de su deseo, de sus ideales. Los sujetos de nuestro tiempo se ven llevados entonces a un esfuerzo inédito para determinar su identidad, su lugar al sol, y su posible proyecto de vida. Es la promoción del sujeto dividido, desbrujulado del capitalismo, al que solo la indignación ante este otro feroz le permite compartir la ficción de un vínculo social, en un tiempo proclive entonces a reunir a los sujetos a partir del odio o del rechazo. Es el terreno abonado para las ficciones identitarias y los nuevos populismos, sin ideología, cuya angustia vira hacia el miedo y el odio con facilidad.

La adolescencia vive las consecuencias de la separación entre el saber y la autoridad, un saber que ya no supone en manos de los adultos, sino de internet, y una autoridad sin prestigio, atrapada bajo las exigencias del igualitarismo y la acusación de autoritarismo sin carisma.En fin, este será el tema de nuestras próximas jornadas nacionales dentro de pocas semanas en Barcelona, que nos confronta ante el panorama actual de los malestares de nuestra época en el campo del deseo y del goce y a las que les invito a acudir.

¿Qué instituciones?¿Qué instituimos?

Se trata entonces para nosotros de interrogar qué instituciones promovemos para acoger el malestar contemporáneo tal y como se presenta, cuál es su lógica interna, qué tipo de oferta realizan y qué efectos se producen allí tras el encuentro con el psicoanálisis.

La variedad de dispositivos surgidos en el campo freudiano en estos últimos treinta años abren un campo apasionante para nuestra investigación en cada uno de estos dispositivos.

Hemos prestado mucha atención a los riesgos de fuga hacia la terapéutica que se derivan de las relaciones con el discurso del amo, igual que hizo Freud en su día, pero precisamente porque estamos advertidos por este peligro podemos prestar atención a los efectos terapéuticos derivados del encuentro con el psicoanálisis. Señalemos por ejemplo que la inmensa mayoría de los dispositivos e instituciones inventados por los psicoanalistas lacanianos en Europa evitan presentarse como monosintomáticos, y si introducen limitaciones en su oferta, ésta se produce en las condiciones de tiempo, económicas, horarias o de ubicación del dispositivo. Esto tiene consecuencias en las demandas, pero no introducen ni refuerzan un sentido previo, ni inducen a una normalización.

Por ejemplo, en París funciona un dispositivo llamado Intervalle, en el que un equipo de psicoanalistas atiende a lo largo de las 24 horas del día, de forma gratuita, pero sólo los fines de semana. De este modo, convocan hacia este dispositivo una clínica caracterizada por la urgencia, pero también se constituyen como un lugar de referencia para muchos psicóticos que encuentran en el centro un lugar de escucha en esa parte de la semana en la que sus dispositivos de referencia están cerrados.

Es un modo de generar una declinación en la demanda a partir de una oferta particular, que no entra en la lógica de las clasificaciones monosintomáticas, del sentido monosintomático que muchas veces obtura la función que cumple un síntoma para un sujeto. Por ejemplo, sabemos que tras las toxicomanías más graves casi siempre nos encontramos con un sujeto psicótico que recurre al tóxico como un modo de calmar ese real sin ley que le atormenta. Nombrarlo con el término toxicómano contribuye en muchos casos a consolidar una problemática y a ignorar su problemática subyacente. Se trata entonces de mantener la inespecifidad en la oferta de los dispositivos, aunque no en todos los casos.

La problemática del autismo, y las ofertas dirigidas a la infancia y adolescencia requieren de una oferta concreta, dado que los sujetos no demandan por si mismos.

Sin embargo, la pregunta sigue siendo válida, ¿esta inespecificidad es válida cuando hemos dicho que los sujetos de esta época están desorientados respecto de su síntoma? ¿Tenemos que hacer algo más? ¿Tenemos que utilizar los significantes monosintomáticos para descompletarlos posteriormente? Son preguntas que dejo abiertas para estas jornadas.

Nos interesa también seguir interrogando las reflexiones que surgen en aquellos dispositivos que plantean una modalidad de trabajo denominada “entre varios”, “a plusieurs”, cosa que haremos esta tarde con más atención, en la medida en que introducen una transformación importante al no incluir a psicoanalistas en sus equipos, pero si al psicoanálisis en la orientación de todos los participantes.
Por último, nos interesan seguir pensando en especial las transformaciones minimalistas que han surgido de las experiencias de los CPCTs en algunos lugares, como es el caso del CPA en Madrid, que dirijo, porque nos enseñan que no es tan complicado abrir un espacio en la ciudad para facilitar el encuentro con un psicoanalista a todo tipo de demandas sin necesidad de hacer otra oferta que la del psicoanálisis. Con el tiempo, esta es otra lección de los efectos transferenciales, y tras cinco años de recorrido, el CPA recibe demandas que provienen de todo tipo de derivaciones en la ciudad.

Más allá de esta rápida reflexión sobre las características de los dispositivos, lo que está en juego, lo fundamental para nosotros es la orientación del acto analítico en estos dispositivos y su horizonte, piuesto que la institución fundamental del psicoanálisis es la de la transferencia.

En los dispositivos que ofrecen un tiempo limitado de atención pretendemos obtener una rectificación subjetiva, orientar al sujeto sobre un significante fundamental, acotar las coordenadas de un goce impreciso hasta el momento, localizar el contorno significante de una impulsión. Todos ellos pueden ser efectos más o menos rápidos obtenidos en un dispositivo de estas características, con la ganancia de un saber y eventualmente de una transferencia sobre su propio inconsciente, pero además con un psicoanalista encontrado a pie de calle, que puede dar paso a un análisis.
Como decía en una recientes jornadas nuestro colega Gil Caroz, las instituciones que promovemos se encuentran cada vez más con lo que llamamos la demanda social, esencialmente bajo la forma superyoica de un empuje a la norma, una exigencia de corresponder a uno u otro ideales, a veces propios, a veces ajenos. La forma concreta, llena de sentido, de esta demanda aplasta el deseo en tanto que este último depende de la existencia de un cierto vacío. El psicoanalista no tiene más elección que pasar por aquello con lo que el sujeto se dirige a él, pero para que una demanda social se convierta en analítica, debe ser subvertida, agujereada. Se trata, pues, para el psicoanalista, de introducir en la demanda algo que le sea ajeno y que la haga no homogénea: enigma, poesía, placer de descubrir la propia lengua.

Sigamos entonces con nuestro esfuerzo de poesía para insuflar un alma lacaniana a nuestras instituciones en una tarea que nos corresponde impulsar para seguir avanzando en la renovación del psicoanálisis en este siglo que aún comienza.

* Intervención en la Apertura de las XV Jornadas de la ELP. Granada, 20 Octubre 29018.