Euphoria

En 2019 Sam Levinson realizó para HBO un relato sobre la generación Z nacida tras el 11-S en un mundo en transición, bajo la sombra del colapso: climático, energético, político, económico, digital con el correlato del imperio de las redes sociales y —por supuesto— la transición entre los sexos.

“Un buen día apareces en el mundo sin una brújula y debes elegir”, dice Rue, la protagonista de Euphoria, con quien iremos descubriendo la angustia y desolación de cada uno de sus personajes, incluida ella misma. Pero también sus inventos en una huida hacia adelante siempre con la amenaza de un desastre incierto pero inminente. Es una narradora poco fiable, ¿habla ella o es la droga a través de la cual busca un medio de (des)hacerse con su cuerpo?

La otra protagonista es Jules, la adolescente trans con la que Rue mantiene una tormentosa y ambigua relación que realmente es el eje de la serie. Su historia muestra la relación entre los goces que no cesa de no escribirse por más que se transiten géneros y cuerpos. Y que, en todo caso, toma más consistencia la droga como objeto de goce que el objeto de amor sea cual sea su género.

El desasosiego, la distancia del (propio) cuerpo, cuando no el odio puro y duro, toma diferentes formas en la serie, que no retrocede frente a las escenas de orgías y sexo explícito, violaciones, consumo de drogas varias, violencia y algún que otro asesinato. Pero lo más sorprendente es la belleza y precisión poética que la acompañan y que, como buena patada Zen, tienen la virtud de hacernos despertar, aunque no sea más que por un instante.

¿Cómo hacer con ese cuerpo extraño, con la (propia) vida que no se sabe tener? En los distintos personajes, de forma más o menos evidente, aparece cierta constante a modo de respuesta. El cuerpo es un campo de experimentación: en el aspecto, en las distintas prácticas, en el uso de drogas, la violencia, el sexo y la transición sexual. Cada uno de ellos, a su manera, tiene dificultades para hacerse con el cuerpo y pone a prueba sus límites con regularidad.

Las escenas que abren cada episodio son poesía en fotograma que relata a un personaje cada vez. Todo ello mezclado con la maestría de la dirección cinematográfica, fotográfica, artística y la banda sonora, mayoritariamente reactualizada de los años 80 y 90.

Pero eso no es todo, porque con la apariencia de una mala hierba dura y correosa, que renace por más que se arranque (la hierbabuena también lo hace), en esta historia de soledad y bajada a los infiernos, también encontramos varias historias corales de amor sobre el trasfondo, dolorosamente encarnado en estos cuerpos con los que se experimenta, de la no relación sexual, la pluralidad y la no concordancia de los goces.

Todos estos elementos y algunos más, hacen de la serie algo terriblemente auténtico y formidable. Honesta, mostrándonos el mundo caótico de estos adolescentes confrontados a las preguntas que no cesan de escribirse en cada generación y que no cesan tampoco de no responderse. Pero hoy, con el filo de lo real mucho más descarnado, o encarnado, a flor de piel.

Es una buena guía de viaje. Del embrollo a la invención (constatando que experimentación e invención no son la misma cosa), también al fracaso singular, no todo, donde algo…transciende.

 

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