Los nuevos oráculos y la crisis del saber
Si tuviéramos que nombrar algo característico de la civilización griega antigua, predominante en el mundo durante siglos, podríamos mencionar a los oráculos. De entre ellos, el más prestigioso fue el de Delfos. A él se dirigían muchas personas para formularle preguntas. Sus respuestas, por otra parte, se caracterizaban por ser oscuras. Y es que eso enigmático encerraba el sentido más profundo del mundo antiguo. El auge del cristianismo provocó, según Plutarco –él mismo sacerdote délfico – una crisis de creencia de la que habló en detalle en “Sobre la desaparición de los oráculos”1. Para él, aquello anunciaba el fin de un mundo, el suyo.
Si el oráculo de Delfos respondía mediante enigmas, como la Esfinge en el mito de Edipo, es porque, de algún modo, dejaba la solución del enigma a cargo del saber inconsciente de quien preguntaba. Era el reconocimiento implícito de que ningún saber preestablecido es capaz de disolver el misterio. El misterio resultante de que cada ser hablante es único y su existencia nunca puede reducirse a una fórmula.
Por otra parte, el saber estuvo siempre, en todos los tiempos de la humanidad, también el saber enigmático de Delfos, vinculado al poder. Pero en formas muy diversas, características de cada época. El auge de la ciencia desplazó hacia ella mucho de lo que de esa función estuvo vinculado a la religión. Se trató, también en este caso, del fin de un mundo y del inicio de otro. Lo que significa “saber” adquirió un nuevo significado. También lo que significa poder.
El médico, el psiquiatra, también el psicólogo y finalmente el psicoanalista, son figuras que se sitúan a caballo –cada una de un modo distinto– entre las placas tectónicas separadas por esta otra crisis del saber, la causada por la irrupción de la ciencia en el mundo.
Durante una época, cierta corriente en la psiquiatría, llamada biológica, se creyó capaz de disolver del todo los enigmas del malestar humano. Pero sus promesas no se cumplieron por completo: el esquema pregunta – respuesta (diagnóstico + tratamiento biológico) tiene resultados, pero limitados. Además, los diagnósticos, aquella lengua sagrada en poder de especialistas, empezó a desbordarse, pasó a formar parte del lenguaje común, haciéndose vehículo de creencias de toda clase y de los prejuicios de siempre, soporte de identificaciones, de autodiagnósticos, materia de transacciones…
Por todo ello, como le sucedió al latín que durante tanto tiempo hablaron los sacerdotes, perdió su carácter privilegiado. Finalmente, algunos especialistas empezaron a hablar de un modo muy parecido a sus pacientes. No pocos usuarios sólo buscaban de los profesionales la confirmación de diagnósticos previamente encontrados en Internet: Trastorno por Estrés Post-traumático, TDAH, TB, TLP, TEA. La frontera entre medicación y automedicación se desdibujó más todavía. Categorías antes respetadas parecían perder todo rigor y las podía usar cualquier hijo de vecino, discutiendo a los especialistas su competencia en este ámbito. El DSM-5 nació en medio de fuertes críticas.
Ciertas autoridades científicas denunciaron tal degradación y propusieron un nuevo programa de investigación que debía salvar a la psiquiatría: el RDoC de Thomas Insel, “un proyecto para crear un marco para la investigación en patofisiología, especialmente en neurociencia y genómica, que acabará informando futuros esquemas de clasificación”2. Pero las categorías supuestamente más verificables que propusieron no consiguieron, al cabo de los años, resultados tan espectaculares: ¡las pastillas que se podían recetar siguieron siendo las mismas! Además, los términos propuestos tampoco eran nuevos, y quedaron igualmente desgastados por su uso. En realidad, seguían siendo palabras con las que cada uno intentaba resolver sus preguntas más íntimas. Con las que se intenta nombrar una forma de ser, encontrar un lugar en el mundo haciéndose reconocer o aceptar, huyendo del rechazo. Pero de un modo que tiene sus riesgos, al promover respuestas simples a preguntas complejas, con nombres que, si bien describen algunos rasgos, tapan más de lo que revelan.
Ahora se pretende que la Inteligencia Artificial, por su capacidad para manejar cantidades inmensas de datos, resuelva definitivamente el problema. Al fin, los diagnósticos serán los adecuados y, por tanto, tendrán el tratamiento justo. Pero, por mucho que se espere extraer algo nuevo de ese saco inmenso de saber, no contiene nada que no haya sido introducido previamente allí por manos humanas e inteligencias tan naturales como limitadas.
Se espera de este nuevo medio una salvación, la solución de una crisis francamente abierta hace diez años. Y ello mediante nuevas promesas que, en el fondo, en algunos aspectos, no son tan distintas de otras que ya mostraron sus límites. Porque siempre se trata de lo mismo: intentar disolver para siempre la opacidad, el lado oscuro e intratable del malestar humano, con sus caras múltiples, confusas, desconcertantes. Y con sus desagradables repercusiones sociales, sus intratables aspectos políticos…
Pero… ¡ay! Resulta que ese instrumento del que se espera que acabe respondiendo a todas las preguntas, es el mismo que ya consultan los pacientes en su casa, o en su smartphone. Incluso, la figura del terapeuta se ve desplazada por la del chatbot. Cada uno, en su casa, se siente más especialista que nadie hablando con su bot.
Eso de lo que se anhela una salvación de la psiquiatría es, en realidad, el nuevo oráculo que se lleva consigo lo poco de autoridad que le quedaba a su saber.
¿Qué hacer? De entrada, reconocer que cada programa de investigación tiene algo que aportar, pero también sus límites. Que hay algo real en la subjetividad que no se puede reducir al real de la biología, aunque esté entrelazado con él. Que la respuesta al malestar es compleja y no se mide por el baremo de una rentabilidad planteada en términos simplistas. Que quien participe de esa tarea debe asumir que su implicación nunca se reducirá a una receta, a un protocolo, a una substancia. Que no hay ningún saber completo sobre lo que está en juego, sino saberes, todos ellos limitados, que sirven en la medida en que sus límites son reconocidos, situados, precisados, debatidos.
Entonces, en el encuentro entre todas esas limitaciones, en esa conversación entre diversas voces, puede surgir algo de luz. Pero ello no es posible sin algo que ninguna inteligencia puede llevar a cabo, salvo con una condición: poner en juego, en acto, su responsabilidad de sujeto en una escucha cargada de consecuencias. Y también, contribuyendo con su presencia, con su cuerpo.
Y a todo esto, ¿qué es diagnosticar? ¿para qué sirve? ¿Qué valor tienen esas denominaciones a las que de algún modo debe recurrir la construcción de una clínica, cuáles son sus límites? ¿Acaso el saber que realmente importa no es siempre un saber por construir mediante hipótesis que siempre serán complejas, sin garantías previas, con riesgos que se deben asumir? Ese saber, además, deberá apoyarse en el saber propio de aquel que sufre, porque sólo él está en contacto directo con lo más singular de su experiencia. Pero ayudando a que pueda formularlo sin que quede aplastado por un saber preestablecido y acogiéndolo en su singularidad.
Eso no lo resuelve ningún oráculo. Que ahora vuelvan ciertas figuras de saber cargadas de un poder que nunca es inocuo, es algo que debemos interpretar, asumir, incluso aceptar, pero de un modo crítico e informado, como síntoma de nuestra época.
Notas:
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Plutarco, Obras morales y de costumbres, Gredos, Madrid, 1995. ↑
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Research Domain Criteria (RDoC): Toward a New Classification Framework for Research on Mental Disorders. ↑






