Los nuevos “trans”. Una respuesta sobre la cuestión del género en la actualidad

Respuesta a una pregunta de la sede de Bilbao de la ELP.

Cada vez recibimos más sujetos que se plantean un cambio de sexo como única solución a su malestar psíquico. Y en edades cada vez más tempranas. No sólo se trata de adolescentes o jóvenes sino también de niños.

En el Grupo de Investigación del CEREDA en Barcelona y también en el Centro de Salud Mental Infantil y Juvenil donde trabajo, hemos podido estudiar algunos de estos casos y nos hemos encontrado con algunas particularidades que responden, a mi modo de ver, al momento actual de nuestra sociedad.

Si hasta hace algunas décadas los casos de transexualismo aparecían muy relacionados con la estructura de la psicosis, como señaló Lacan en su Seminario, actualmente nos encontramos con que no es así necesariamente.

En muchos adolescentes o niños que atendemos, lo que constatamos es la preeminencia de una identificación al deseo de la madre o del padre, en una estructura ordenada por la significación del falo. Esto se vislumbra a veces en el entusiasmo con que la madre o el padre apoyan las decisiones del hijo/a, pero también lo podemos leer en la angustia que les produce el retorno -por boca del hijo o de la hija- de un deseo que había permanecido inconsciente para ellos.

Seguramente estos nuevos fenómenos tienen alguna relación con la posibilidad que existe hoy de una transformación real del cuerpo, ya que la ciencia ha hecho retroceder, una vez más, los límites de lo real, haciendo posible lo que antes sólo era concebible en el espacio de la fantasía o del delirio.

Esto que digo no tiene nada que ver con una crítica ideológica, una nostalgia de los tiempos pasados o una resistencia a los progresos de la ciencia y a las soluciones que aporta. Pero no podemos desconocer que en nuestras sociedades capitalistas cualquier cosa –también un tratamiento– se convierte inmediatamente en una mercancía, la cual -como toda mercancía- lo único que necesita es un mercado en el que pueda cumplir su ciclo de convertirse nuevamente en capital más una renta.

Sin embargo, no se trata tampoco de culpar de todo al sistema, porque también existe el rechazo del inconsciente, aunque debemos reconocer que el capitalismo se compadece muy bien con este rechazo llevándolo al extremo. Lacan habló de forclusión al respecto.

Por ejemplo, hoy nuestra vida está gobernada por un axioma que dice que para cada problema debe haber una solución, dejando casi siempre de lado la pregunta por su causa. Si lo miramos desde nuestra perspectiva, esto es una manifestación de la creencia en la armonía sexual, como lo es la teoría del “yin” y el “yang”. Y también un desconocimiento de lo real tal como lo encontramos en la experiencia analítica, en el sentido de que no existe esa complementariedad y que hay que lidiar con eso.

En términos capitalistas, este fantasma se traduce en que la industria ofrece a cada sufrimiento el señuelo de su solución, sin tener en cuenta la complejidad que supone el abordaje de la falta de goce y la infelicidad en el ser humano.

Además, rápidamente, ese circuito se invierte, puesto que desde el momento en que existe ese producto, lo único que importa es encontrarle nuevos mercados.

Tal como ocurrió anteriormente con otros diagnósticos, por ejemplo, con el TDAH, es lógico suponer que la proliferación del diagnóstico de “disforia de género” no sólo responde a la necesidad de dar respuesta a un problema real que nadie puede negar, sino también a estos otros factores que acabamos de mencionar.

“Disforia de género” identifica un sufrimiento y al mismo tiempo le da un sentido que es habitar un cuerpo equivocado. Pero este sentido ya apunta a una solución que consiste en cambiar el cuerpo para que coincida con el género. De esta forma desaparecería el malestar psíquico y se lograría la armonía.

Sin embargo, todo el proceso se basa en la idea de que lo que dice un ser hablante en tanto “yo” es lo que desea en tanto “ser sexuado”. Algo que la clínica psicoanalítica desmiente.

En su seminario 19, Lacan ya señalaba que el falo es el significante que significa lo que hace obstáculo a la relación sexual, o también, que el falo es el significante que viene al lugar de la relación sexual que no hay.

Lo destacable, en todo caso, es que el pene sólo sería su representante. Por eso no se puede pensar, de manera simplista, que la cirugía permitiría realizar ese sueño de la armonía sexual. La cosa es más compleja y creo que Lacan se refería a eso cuando hablaba del error del transexual, es decir, de confundir el pene con el falo y pensar que actuando sobre el pene se resolvía la relación con el falo.

Me imagino que dentro de un tiempo podremos estudiar mejor las consecuencias de todo esto, aunque lo cierto es que ya nos encontramos con algunas, por ejemplo, ciertos cuadros de angustia cuyo desencadenamiento está claramente vinculado a la decisión iniciar el tránsito al otro sexo.

Claro que, si es verdad que no hay inconsciente sin deseo del analista, la mayoría de las veces esta angustia es referida a otras causas, como por ejemplo los cambios hormonales que implican esos tratamientos.

En una época en que el Nombre del Padre ya no ocupa el lugar de agente de la castración y por tanto ya no tiene sentido decir “Dios lo ha querido así”, vemos perfilarse otra relación con lo real, tanto en los padres como en los hijos.

Este no querer saber se manifiesta a menudo en bajo la forma de una prisa del “yo” por identificarse con el ser del otro sexo como única solución posible a su malestar.

Esto es lo que hace tan importante la apuesta del psicoanálisis de introducir un tiempo para comprender, entre el instante de ver y el momento de concluir sobre lo que uno es.

Pero claro, esta es una elección que corresponde a cada uno y es difícil imaginar que pueda imponerse como una obligación. Lo deseable, en todo caso, sería que los profesionales que atienen a estos sujetos estuvieran advertidos de la existencia de “lo inconsciente” y no se dejaran arrastrar por el “no querer saber” que habita algunas de estas demandas.

 

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