“Cuando seas mayor…”

El sujeto nace del malentendido. Como nos ha enseñado Lacan, la inadecuación del cuerpo y el significante es estructural al ser humano y, durante la infancia, cada ser hablante se enfrenta a la tarea de producir su solución singular. Ese tiempo de infancia, desajustado por estructura, es necesario para tejer los anudamientos, la urdimbre subjetiva.

Como nos dice Lacan en el Seminario VI, los niños están presos entre dos las dos líneas del grafo, entre el nivel del enunciado y el de la enunciación. Esto lo lleva a afirmar que hay algo que aún no está precipitado en la estructura1. Los niños se encuentran tomados en la dialéctica del deseo y la demanda y durante ese tiempo, son particularmente sensibles a los significantes del Otro.

En una interesante conversación del año 19732, Françoise Doltó y Phillipe Aries, debatían acerca del lugar del niño en la sociedad de ese momento. Anticipaban algunas cuestiones que hemos visto agudizarse a lo largo del fin del siglo XX, en particular una transformación, una inversión de lugares: “A lo largo de toda la historia, lo vemos en los libros de historia, en la vida social, el niño estaba orgulloso, se jactaba de las hazañas de sus padres. Ahora, es al revés, tiene que ser el niño quien cargue con todo el peso de las insatisfacciones e impotencias de sus padres”.

Esta inversión de lugares es correlativa de una especie de borramiento de las diferencias entre niños y adultos. Por un lado, una cierta infantilización de los adultos, quienes desorientados se ausentan a la hora de cumplir su función parental y asumir sus responsabilidades subjetivas. Por otro, una tendencia a tomar las palabras del niño, los deseos manifestados por el niño, de forma literal, sin metaforización, sin interrogación y sin tener en cuenta su condición infantil, es decir, inacabada, en construcción.

Hay dos frases que a lo largo del siglo XX han sido fundamentales para enmarcar el tiempo de infancia: del lado parental “Cuando seas mayor” y del lado del niño “No era en serio, estaba jugando”. La primera introducía la dimensión de espera y la segunda la dimensión de ensayo, propias de la escena de la infancia. Ambas están cada vez más ausentes en el discurso contemporáneo. Y ambas con frecuencia están ausentes a la hora de dar una respuesta frente al malestar de un niño respecto de su cuerpo o de su género. Precipitar una respuesta que viene del Otro sin dar lugar al despliegue y las vueltas necesarias tiene consecuencias estragantes para el sujeto. Considero que hoy, sostener los derechos de la infancia, es sostener el tiempo de espera y la escena de juego que permiten animar el cuerpo, vestirlo, ensayar personajes, probar identidades, manteniendo la hiancia necesaria para el advenimiento del sujeto, manteniendo la incertidumbre de lo que advendrá, manteniendo la interrogación acerca del enigma de la sexualidad y de la vida sin cerrarla anticipadamente.

 

Notas:

  1. Jacques Lacan, El Seminario libro VI, El deseo y su interpretación. Paidós. Pag. 94.
  2. Françoise DOLTO. «Una conversación con Philippe Ariès», en Macroscopie, France-Culture, septiembre-octubre 1977.
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