El rechazo al psicoanálisis

En 1925, a propósito de la difícil recepción de la disciplina que él inventó, Freud hablaba de “resistencias contra el psicoanálisis”. Antes, en 1919, lo había incluido entre la gama de factores capaces de provocar el efecto/afecto ominoso.

Hoy en día no parece exagerado hablar de rechazo, un rechazo al psicoanálisis que se renueva con inusitada virulencia en la configuración civilizatoria de la que emerge la problemática “trans”.

Una década atrás, “la batalla del autismo” marcó un antecedente cuando, en nombre de la cientificidad y la evaluación, se pretendió prescribirlo como práctica terapéutica no idónea para tratar el sufrimiento de tales sujetos y sus familias, a modo de punta de lanza para intentar “cancelarlo” definitivamente.

El embate actual, en nombre de los derechos y con la cuestión trans en el centro de la escena, busca silenciarlo y anular su incidencia clínica catalogándolo, con notable mala fe, como “terapia de conversión”.

Freud localizó la raíz estructural del rechazo al psicoanálisis con la noción de “herida narcisista”, es decir, la afrenta infringida al yo por señalar que él no es amo en su propia casa. Lacan llevó incluso más lejos la destitución del yo operada por el discurso analítico.

A contrapelo, el discurso universitario, del que son tributarias la teoría de género y la teoría queer, instituye la “Yocracia1, y ya en 2005 Jacques-Alain Miller anticipaba entre sus efectos, una mutación a nivel de la relación corporal que concierne al fenómeno trans: “Me parece que habría que oponer la adoración del cuerpo propio a la yoización del cuerpo propio. La primera relación, la de adoración del cuerpo, sigue siendo una relación de tener, mientras que la segunda es una relación de ser”2.

En lo social, la adherencia del yo, el cuerpo y el ser, a menudo adopta modalidades que rechazan todo aquello que pudiera interrogarlo oponerlo en cuestión. Así lo muestra, por ejemplo, uno de los slogans de la vigilancia woke, “nada de nosotros sin nosotros”, que implica el silenciamiento de cualquier interpelación que venga del otro, al que se cancelará si osa pronunciarla. En última instancia, se trata de hacer callar al Otro, el de la alteridad que podría devolver el propio mensaje en forma invertida, pero también el del goce, cuya extimidad alimenta la segregación. El odio al psicoanálisis encuentra allí unas coordenadas muy precisas.

En efecto, al decir de Freud, este “se ocupa de poner en descubierto tales fuerzas secretas”3, y no será por ceder en su posición que logrará sobrevivir. Más bien se trata de oponer, frente al odio, el amor por el síntoma que hace lugar al imposible que concierne a cada quien. Tal como decía Lacan, “todo depende, pues, de que lo real insista”4

 

Notas:

  1. Lacan, J., El Seminario, libro 17, El reverso del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 2008, p. 66.

  2. Miller, J.-A., Piezas sueltas, Buenos Aires, Paidós, 2005, p. 419.

  3. Freud, S., “Lo ominoso”, Obras completas, vol. XVII, Buenos Aires, Amorrortu, 1992, p. 243.

  4. Lacan, J. “La tercera”, Revista Lacaniana nº 18, Buenos Aires, Grama, 2015, p. 17.

 

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