La adolescencia cristalizada

Pensando en la enorme diversidad de propuestas que se inscriben en la civilización para hacer consistir la sexualidad como un derecho, es notable un rasgo adolescente, lo cual se encuentra en consonancia con el planteamiento freudiano de que la sexualidad siempre conserva una cualidad infantil.

La reticencia de los seres hablantes a posicionarse en un lugar definitivo en el mundo, así sea la posición sexual, es algo de eso infantil y en la actualidad, resultado de los mandatos superyoicos emitidos en el Nombre del Padre durante muchas generaciones. La condensación de lo simbólico y su constante búsqueda de sentido, ha provocado una vuelta y una revuelta que hoy podría encarnarse en los movimientos que cuestionan, o definitivamente rechazan, las propuestas simbólicas sobre la sexualidad que fueron creadas a lo largo de la historia occidental, al considerarlas emanadas nada más que del amo. La aparente radicalidad del adolescente tiene en su centro la protesta por el lugar de anonimato infantil que se ha padecido a manos de la clase denominada “adultos”, “gobiernos”, “tradiciones”. La adolescencia es un tiempo lógico en que se transforma la relación que el hablante ha establecido con el lenguaje, se adentra en un tiempo de comprender que sería tal, si en esa relación con lo simbólico el sujeto consiguiera empezar a descolocarse del racismo que lo habita y hacerse autor de sus propias palabras con el Otro. Sin embargo la condición de la población hoy, parece ser la de una adolescencia coagulada en la que el goce es sostener la lucha con un supuesto otro adulto-malo, y hacer comunidad con otros imaginarios con quienes se identifica en la búsqueda de realizar la voluntad de goce.

Mucho del valor que hay en la posición adolescente tiene que ver con el empuje a la transformación, un deseo que en su ética pone en acto el polimorfismo que ya Freud señalaba como la naturaleza propia de la sexualidad, un empuje que abre un lapso, un tránsito hacia otra cosa. Pero cuando a la adolescencia se le quiere fosilizar, cristalizar para obtener de ella un plus de goce, la decisión de cada sujeto significará un bien para el discurso neoliberal, de tal manera que podemos mirar a las poblaciones moviéndose hacia el circuito del consumo. Poblaciones adolescentes buscando en su imagen su existencia, produciendo con sus cuerpos performances que los representen, intentando un júbilo frente al espejo, auxiliados por otros adolescentes que desde una posición parental ensayan cumplir sus propios goces sexuales. La enorme cantidad de mercancías que se ofrecen para estos fines les seducen, van desde los aderezos y dispositivos comunes y accesibles a la economía más o menos general, hasta la tramitación legal para niños de tratamientos médicos, apoyados por la tecnología farmacéutica y quirúrgica, pasando por mercancías libradas al manejo intuitivo de cada consumidor. Detrás parece disiparse el verdadero amo: ese que hace la promesa de la democratización de la relación sexual.

 

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