La elección sexual es inconsciente

¿El sexo se elige? ¿Es una elección voluntaria, consciente?

En nuestra época los seres hablantes somos empujados a gestionarnos a nosotros mismos, inventando toda una serie de prácticas, de objetos y de identificaciones —siempre fallidas—, que el mercado propone y la tecnología ejecuta. La firme creencia de que somos dueños de nuestras vidas y de que podemos controlarlas a voluntad, ha arraigado. Sin embargo, el malestar en la civilización no cede.

En esta línea de lo “auto”, asistimos ahora a la llamada “autodeterminación” del sexo.

Lacan añadió al descubrimiento freudiano del inconsciente, que somos seres de lenguaje: aprendemos a hablar de quien nos trae al mundo, nos relacionamos mediante la palabra, y al hacerlo, nuestra biología queda radicalmente modificada. El cociente de esta operación de hibridación es lo que Freud denominó pulsión, distinguiéndola expresamente del instinto.

La orientación sexual hace referencia a la elección de objeto, pero la identidad es de lenguaje. Hombre y mujer son significantes, operan en el orden de la identificación. Sobrepasados los modelos tradicionales que nos orientaban hasta el siglo pasado, asistimos a lo múltiple: neutro, no binario, fluido… más significantes. Pero la identidad sigue sin saturar lo que está en juego en el goce sexual. Es necesario pasar de la diversidad a la diferencia.

No sé si decir que hoy la diferencia sexual está más difuminada, o si precisamente está más presente que nunca en el mismo afán de eliminarla. ¿Se ha vuelto insoportable? Los últimos datos arrojan una inversión triste, alarmante, en la proporción de chicas que quieren convertirse en hombres (4-5 a 1 en las demandas de cambio de sexo).

¿Todos hombres? ¿Todos iguales?

Esta fue otra de las geniales aportaciones que hizo J. Lacan al descubrimiento de Freud: la diferenciación de las modalidades de goce, de lo que agita a los cuerpos más allá de los semblantes. Si hombre o mujer son semblantes, masculino y femenino hacen referencia a dos posiciones de goce.

Del lado femenino, no es el objeto lo que viene a suplir esa relación sexual que no existe; la otra satisfacción no se desprende de la función fálica, sino más bien todo lo contrario: de la ausencia de representación significante, de sus meros efectos de goce en el cuerpo.

Aun así, los seres hablantes en posición femenina participan también del goce fálico, régimen que impone el lenguaje mismo —cuya función nominal fija. Se ve aquí la lógica de la querella sobre el lenguaje inclusivo frente a lo “patriarcal” de la lengua, aunque no su solución.

Las marcas del lenguaje anidan en nuestro cuerpo especialmente en los primeros años. Van quedando larvadas, hasta que, en sucesivos encuentros posteriores, van tomando consistencia para modelar cada forma de goce particular; de la cual cada uno de nosotros se verá abocado a hacerse cargo. El goce no se busca ni se elige: se encuentra. A eso apunta un psicoanálisis.

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