Lo irreductiblemente diferente

Ian Hacking, filósofo e historiador, ocupado en estudiar el fenómeno de las clasificaciones, describe ciertas clases relevantes que impactan en la legislación, en el trabajo social, vigilancia policial de las familias, en la vida de los niños y en la forma en que éstos y los adultos se representan. Puntualmente se interesa por estas clases interactivas, clasificaciones que al ser conocidas por las personas y usadas en instituciones, cambian las formas en que los individuos tienen experiencia sobre sí mismos y se modifican, en parte, por ser clasificados así.

En su libro ¿La construcción social de qué? Dice lo siguiente: “(…) si se seleccionan clases nuevas, entonces el pasado puede tener lugar en un mundo nuevo. Los sucesos que han tenido lugar durante una vida se pueden ver ahora como sucesos de una nueva clase, una clase que tal vez no ha estado conceptualizada cuando se tuvo la experiencia, se recuerda otra vez y se piensa en unos términos en los que no se podía haber pensado en aquel momento. Las experiencias no solo se describen de otro modo, sino que se sienten de otro modo”. Hasta aquí resalta el poder configurador del lenguaje, que deja de lado -anhelo de la programación neurolingüística y de las teorías de género- lo real en juego, el encuentro con lo que hace enigma, opacando la posibilidad, tal vez, de algún invento y precipitando la caída a algún nombre prefabricado, a un inventario ya digerido, a lo inventariado1. Quizás una manera de pescar este efecto bucle que se genera mediante estas clases que interactúan con las personas y sus comportamientos, que no despeja el goce en juego en cada caso, nos dé una pista del vertiginoso cambio en la manera de nombrar, así como también del uso que hacen los sujetos de estos nombres.

¿Convendría proceder como Funes?2

Ireneo Funes vivió varios años como casi todo el mundo, dormido, hasta que un día de (un) golpe se despierta. El presente le era casi intolerable de tan rico, según cuenta el narrador. Recibía todo con aires de novedad y con una ingenuidad hija del olvido que daba por nuevas las experiencias que vivía cada vez. Para él cada palabra era una marca, no lograba hacer series, cada cosa individual tenía un nombre propio. Incluso el idioma que postuló Locke le parecía demasiado general y ambiguo: “Le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente)”. Ferviente opositor del pensamiento masivo, para el cual los detalles no valen, Funes demuestra que el detalle puede contar. Piensa por detalles y eso hace que su universo sea difícil. De igual manera aplicó ese principio a los números: “En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) Máximo Pérez; en lugar de siete mil catorce, El ferrocarril (…) en lugar de quinientos, decía nueve”. Así, Funes evita las trampas de lo universal, crea clases paradójicas que se obtienen, siguiendo la lectura de Jean-Claude Milner3, por lo que los miembros de una clase tienen de irreductiblemente diferente, una diferencia absoluta.

 

Notas:

  1. Lacan, Jacques. “Nota italiana” (1974). Otros escritos. Ed. Paidós, Bs. As., 2012.

  2. Borges, Jorge Luis. “Funes el memorioso”. Ficciones. Retomado de la Revista Exordio nº 9.

  3. Milner, Jean-Claude. “Lo universal, el saber y las lenguas”. Claridad de todo. De Lacan a Marx, de Aristóteles a. Ed. Manantial, Bs. As., 2012.

 

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