Un destello poético a propósito de la desaparición del binarismo

Recientemente descubrí dos artistas maravillosas. Hablo de María Salgado y de Fran MM Cabeza de Vaca. Ella es poeta, él es músico y compositor. Ellas (así se nombran cuando hablan en plural) iniciaron allí por 2017 una investigación sobre el lenguaje que dio como resultado una obra que consta de tres fragmentos que lleva por título: Jinete último reino. Leed su poesía, y si tenéis ocasión, acudid a la cita con el Jinete.

La investigación sobre el lenguaje que llevan a cabo María y Fran consiste en algo que se puede parecer a abrir el aparato, la maquinaria del lenguaje, como quien abre un melón. Juegan con las homofonías, el ritmo, las resonancias, el modo en que el lenguaje percute el cuerpo. El sentido es el último al convite, aunque no inexistente. Esta investigación poética es llevada a cabo con la introducción de la tecnología: los aparatos electrónicos están allí totalmente implicados. La máquina sortea imposibilidades existentes en el ser hablante. Ésta no tiene defectos, lo puede registrar todo, oír todo, retener todo… La máquina no tiene olvido, todo es memoria. La paradoja es que, ella, la máquina, contribuye al surgimiento de los efectos poéticos.

Quizás lo inquietante para mí, fue de algún modo ver la posibilidad de disolución del binarismo hablante–máquina. El lenguaje es binario. Se construye a partir de pares de oposiciones. Un significante es lo que no es otro significante. Decir lenguaje es decir binarismo, discontinuidad. Los significantes se constituyen por un descarte primordial, por un rechazo esencial: si silla es silla, no es puerta y no es todos los demás. El sentido, por supuesto, participa de él, también la gramática, el consenso, la política y el poder. Seguro.

La máquina, por su parte, tiene también su lenguaje, pero lo que allí se excluye es la vida (y la muerte) es decir, el goce. No obstante, algo de esa división entre el hombre y la máquina no puede decirse tan rápidamente. La muestra ya nos la dio Hall hace unas décadas en “2001 Odisea del espacio”, y más recientemente “Del inconveniente de haber nacido” de Sandra Wollner.

Una de las formas de borrar el rastro del goce en el ser humano podría ser: ¿Por qué habría de significarme por haber nacido con un sexo? Estamos en un paso más allá del género como constructo. Porque la cuestión no es: nada en la naturaleza dice qué es ser hombre o ser mujer –cosa que hace un siglo ya decía el psicoanálisis- sino que se trata de una operación mucho más radical. ¿Por qué debería haber dos?

Si cada vez más la máquina forma parte de nuestro mundo, lo que se va transformando son los modos de construcción subjetiva. La mixtión de lenguajes empuja a la desaparición del equívoco, del doble sentido, empuja a la literalidad, a la obviedad… la maquina se humaniza, el sujeto se robotiza. Por eso, esa disolución del binarismo sexual me pareció que remitía a la destrucción del lenguaje mismo; a los efectos de atrofia de fusionar lo humano y la máquina. El capitalismo hace creer hasta niveles inusitados que todo se puede, que se puede no perder, olvidar, y en el horizonte, no morir. De lo que no habla es del sacrificio necesario para el éxito de la operación, que es la extracción de lo imposible y con ello de la vida, del sexo, del goce.

Por eso la poesía que quizás fuera la creadora del lenguaje, apunta al imposible en juego: nos recuerda que somos nosotros efectos de lenguaje, apunta a nuestra división subjetiva, diluye el yo y nos hace despertar de la pesadilla tecnológica. Jinete, dice María Salgado, es la resistencia frente a la llanura.

 

Post-data:

Después de enviar el texto recibo el siguiente mensaje de una amiga:

“Chile aprueba cambiar la palabra “mujer” a “persona menstruante”.

Ahí lo tenemos. “Neo-lenguaje” institucional. Fin del binarismo sexual, erradicación del goce y por tanto de cualquier posibilidad de poesía.

 

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